Por Ileana Alamilla (*)
En medio de un entorno multicolor, música de marimba, llanto de bebés en las espaldas de sus madres, tejidos, artesanías, dulces, frutas, esculturas de barro, canastos, servilletas, manteles, collares, adornos, lámparas, algarabía de niños, conversaciones multilingües y precedido por la invocación de energías, se dio a conocer el trabajo que realizan las mujeres indígenas en sus casas, en los mercados, en el campo, en los talleres, en la maquila, en casas ajenas y en otros ámbitos de la economía.
En un hotel, cuyo nombre recuerda una de las tragedias más grandes ocurridas en nuestra patria, y con la ausencia de las autoridades de gobierno, que seguramente tenían un compromiso más importante que atender, se produjo la presentación del Tercer Informe Temático: Contribución de las Mujeres Indígenas en la Economía de Guatemala, por parte de la Defensoría de la Mujer Indígena (DEMI), entidad de la Presidencia de la República. Cleotilde Cú, directora de la institución, afirmó que ellas siguen luchando por el derecho de decidir sobre su vida, su territorio y su trabajo en medio de la desigualdad. Ana Grace Cabrera, representante de ONU Mujeres, consideró que el Informe alienta el reconocimiento de derechos, cuya igualdad sigue siendo una utopía.
El documento presentado refleja la real valoración en las contribuciones dadas por las mujeres indígenas en áreas importantes de la economía, cuyos esfuerzos muchas veces son desestimados, tanto en lo que se refiere al trabajo productivo como reproductivo. Este informe es un importante aporte al Estado (aunque por lo visto no le interesó), para las organizaciones de mujeres, sociedad civil, la academia, para entidades de investigación, agencias de cooperación, para que los derechos de las mujeres indígenas sean respetados, abordados con un enfoque de justicia y sostenibilidad, en una combinación entre lo material y lo espiritual.
Ellas son emprendedoras de sus propias empresas, el 90% manejan sus propios recursos financieros, participan en el intercambio comercial en el mercado local, nacional e internacional y son productoras de bienes para el consumo familiar. Su trabajo se encuentra principalmente concentrado en los pequeños negocios y esto no es necesario que nos lo recuerden, la sociedad entera es beneficiaria de ese esfuerzo, trabajo, talento, creatividad y emprendimiento.
Es muy usual escuchar a regañadientes las demandas del campesinado por tierras, por una ley de desarrollo rural, por asistencia técnica, por condonación de deudas, todo lo cual es justo y legítimo. Sin embargo, muy pocas veces se repara en la participación de las mujeres indígenas en el sector agrícola, tanto en el ámbito comunitario como en empresas que las contratan por su destreza y calidad de trabajo. El 20.2% de mujeres en el mercado laboral se ocupan en el sector de la manufactura y de ese total el 49% es población indígena. En las maquilas de vestuario, de alimentos y otros productos primarios, también son cotizadas. Y en el trabajo doméstico, son parte importante de esa fuerza laboral explotada y sin protección legal.
Estas contribuciones en el ámbito del comercio, la salud, la producción y la reproducción de la vida y la cultura tienen que ser valoradas, no sólo por el Estado sino por la sociedad, si realmente presumimos de democráticos y democráticas.
(*) Periodista guatemalteca y directora del Centro de reportes informativos sobre Guatemala (CERIGUA)









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