Ah, los niños, bendito tesoro

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Por Zenaida Ferrer

 

El Abu y yo lo llevamos a ver la exposición de los osos en la Plaza de San Francisco de Asís (algo novedoso por estos días en la Habana Vieja). Caprichoso el pequeño, no quería mirar ni detenerse ante ninguno hasta ver el que representa a Cuba. Sus abuelos indagamos por qué y solo respondía: “quiero ver primero el de Cuba”.

Resultó que mucha gente tenía igual preferencia y casi no había manera de llegar hasta el robusto animal, con su tabaco en la boca y el colorido de los campos cubanos en su cuerpo, pero llegamos y logramos hacerle algunas fotos junto a su oso nacional.

De los osos y luego de que nuestro niño tratará infructuosamente de alcanzar alguna de las palomas que acostumbran sobrevolar esa explanada, caminamos hacia el Jardín dedicado a la Madre Teresa de Calcuta, justo al fondo del Convento de San Francisco de Asís y camino abierto a la Iglesia Ortodoxa Griega.

Mauricio correteaba por los senderos cementados entre los jardines verdecidos, abonados con las cenizas de personalidades de la cultura cubana, (entre ellos, nuestro colega fotorreportero Liborio Noval Barberí). Él, en su ingenuidad de cuatro años no imaginaba cuánta historia se acumula en estos caminos.

Andando, andando, llegó frente a la escultura de esa mujer sabia y humilde, que fue la Madre Teresa de Calcuta. Le llamó la atención su menudo tamaño, el color negro de su representación. “¿Quién es?”, preguntó, y le dije que una monja excepcional, muy amorosa, de muchas virtudes, que amaba a los niños y a las personas, a las mariposas y a las plantas con ferviente devoción. Se quedó pensativo. “Entonces, voy a decirle que soy un niño bueno aunque a veces me porto mal” y puso su manita encima de la biblia que ella sostiene entre las suyas.

Los niños nos sorprenden con su sensibilidad y percepción que sobrepasa sus experiencias. No es que sean superinteligentes ni que en nuestra chochez de abuelos creamos que puedan llegar a convertirse en ilustres personajes. Es justamente su sencillez, su manera espontánea de admirar y de aprehender la vida lo que fascina.

En la noche, ya en la cama listos para dormir, cuando siempre pide un cuento de cocuyos y de la vaca Pijirigua que sus abuelos inventan para él, dice con pesar que no tiene el libro de José Martí con los cuentos de Bebé y el Señor Don Bomboso, Nené Traviesa y Los Zapaticos de Rosa y recita los primeros párrafos de esta poesía. “En la Feria del Libro te vamos a comprar La Edad de Oro”, le prometemos.

“Tampoco tengo un libro del Ché que era un héure como Camilo, pero los dos se murieron. Los héures son los que salvan el mundo, por eso no me gusta que se mueran”, apunta muy serio. “¿Ahora quién va a salvar el mundo?”, indaga.

Le digo que hay muchas buenas personas tratando de salvar el mundo, Fidel por ejemplo.

“No conozco a Fidel. Mi seño dice que es muy bueno, que quiere a los niños y hace cosas importantes por el mundo. Entonces, ¿Fidel es un héure también?

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