Por Susana salina
“A los 13 años descubrí que ser sirvienta era algo más que fregar en una casa”
Blanca nació hace 74 años entre sonidos de bombos legueros y chacareras. El sol de Santiago del Estero se refugió en su cuerpo moreno desde la niñez hasta la adolescencia. Su mirada firme le da permiso a la sonrisa; mientras su voz, dulce, suelta las palabras.
“Nací en un hogar muy pobre, éramos muchos hermanos, y desde chicos tuvimos que salir a trabajar. Era algo común, no había tiempo para jugar, eso era para los ricos”, cuenta Blanca.
Su infancia estaba muy lejos de las definiciones que da UNICEF, cuando determina que se trata de: “una época valiosa en la que los niños y las niñas deben vivir sin miedo, seguros frente a la violencia, protegidos contra los malos tratos y la explotación”.
A Blanca le sucedió todo lo contrario, en esa etapa tan especial de la vida, experimentó la violencia, los malos tratos y la explotación. “Tenía 13 años, y mi mamá me mandó a trabajar a una casa de familia de la capital. Era gente rica de Santiago del Estero, y yo me quedaba ahí, cama adentro. Con lo poco que ganaba ayudaba a mi gente, era la única mujer, y tenía hermanos más chicos. Debía limpiar una mansión y no sabía cómo, dónde vivía era un ranchito que ni siquiera tenía pisos. Así que entre reclamos a gritos, tuve que aprender. Recuerdo que llevaba puesto un vestido muy finito, sentía mucho frío en invierno”, explica.
A medida que el recuerdo la invade sus ojos se llenan de lágrimas. Sin embargo, su voz no se quiebra, se libera con la memoria. “Con el tiempo pude entender que era muy chica, y que tuve que crecer a los ponchazos. En aquella época, sería por el 55, más o menos; éramos ignorantes. No es como ahora que los chicos son más vivos, tienen más información. Yo no sabía, por ejemplo, que era ser señorita, mi mamá no hablaba de esas cosas. Aprendí sola”, dice Blanca.
La menstruación y la sexualidad eran temas tabúes para algunos padres. Sobretodo para la mamá de Blanca, una mujer de mucho carácter y de pocas palabras. “Pasé por situaciones muy feas, a medida que iba creciendo. Primero, encontrarme con mi ropa interior manchada con sangre, algo que me daba miedo y vergüenza a la vez. Después, a los quince años, embarazada. Ahí sentí terror.”
“En la casa donde estaba con “cama adentro” vivía un joven, hijo de los dueños. No recuerdo el nombre, tampoco el apellido; se me borró de la mente. Pero lo que sí me acuerdo es que estaba durmiendo, y en plena oscuridad alguien se me tiró encima. El resto, está de más contar. Era el hijo de mi patrona que una y otra vez me agarraba, a la hora que se le antojara, cuando no había nadie. Así entendí que era “cama adentro”, mi trabajo y mi cuerpo les pertenecía, eso era “natural. A los 13 años descubrí que ser sirvienta era algo más que fregar en una casa. No sé durante cuánto tiempo pase por lo mismo, hasta que quedé embarazada. Tenía 15 años, y mi madre lo único que me dijo era que yo había provocado esa situación. Salí de ese infierno, y me escondí hasta que tuve a mi hija. Mi mamá me permitió quedármela, no la iba a regalar, la iba a criar ella mientras yo trabajaba en Tucumán, en la cosecha del algodón. Le fui girando la plata a mi mamá para que pudiera darle de comer a mi hija. Era trabajadora golondrina, no estaba nunca con ella. Como tenía hermanos varones, cada tanto, uno de sus amigos los visitaba, hasta que me propuso casamiento. Yo no quería saber nada, pero con el tiempo le fui tomando afecto. Recuerdo que una vez me llevó a un almacén de ramos generales a comprar ropa, yo había elegido como zapatos unas ojotas, él se rió y las tuve que cambiar. Una vez casados decidimos probar suerte en Buenos Aires, para cambiar el trabajo esclavo del campo. Vivimos en una pieza que alquilábamos por Congreso, y enseguida conseguí trabajo en un Restaurante, como cocinera. Al poco tiempo me fui porque el jefe cuando saludaba a las empleadas, nos pasaba la mano por la espalda hasta la cola. Decidí renunciar, me daba asco, pero antes hablé con el dueño y le conté lo que hacía ese atorrante. Tuve dos hijos más que tuve que criar sola porque mi esposo murió muy joven. Con mi hija mayor, la que crió mi mamá, recién hace un par de años que pudimos reencontrarnos, le pude contar todo lo que viví, y entendió que yo no quise abandonarla, que tenía que trabajar para que no la entregaran a otra familia. Me volví a casar hace cuatro años, volví a la casa que dejó mi madre al fallecer. En Santiago del Estero encontré la tranquilidad que no tenía en Buenos Aires. Acá, con mi marido, estamos bien, nos arreglamos con la jubilación, la huerta y algunos animales que tenemos, para los dos, alcanza”, concluye Blanca.
Las Naciones Unidas define la violencia contra la mujer como “todo acto de violencia de género que resulte, o pueda tener como resultado un daño físico, sexual o psicológico para la mujer, inclusive las amenazas de tales actos, la coacción o la privación arbitraria de libertad, tanto si se producen en la vida pública como en la privada”. La educación de hombres y mujeres bajo una sociedad patriarcal, hacen a la reproducción de esa violencia. Blanca fue culpada por ser violada y quedar embarazada, fue una más.
Foto: Billy Kidd
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