¿Dónde está Norma?

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Por Zenaida Ferrer

¿Dónde está Norma?, indagó la visitante entrando directo a la cocina y llegando hasta el patio donde habitualmente encontraba a la dueña de la casa pelando papas, dándole comida a los periquitos o simplemente regando sus hermosas plantas.

Buscaba su melena canosa y su sonrisa de bienvenida y solo encontró un silencio de miedo por parte de su esposo, hijo y nuera. –“Ella no está”, respondió al fin Manolito e hizo un leve movimiento de su mano como apartando una sombra.

-“¿Viajó por fin a ver su familia a Estados Unidos? Ay, qué bueno, ella tenía tantas ganas de ir”, acotó la entrometida, pero aun seguía buscando su huella por el amplio portal rodeado de matas verdecidas, flores y algunos árboles frutales. –“No debe haberse ido hace mucho porque las plantas mantienen el cuidado de sus manos”,  insistió.

Manolito se volcó de lleno en colar un café cuyo aroma empezaba a impregnar el ambiente, mientras el viejo José Manuel se entretenía en bajar su sucio sombrero de guano casi hasta los ojos y la nuera se metió presurosa al dormitorio.

Por fin, el joven venía con la humeante taza de café en sus manos, se la entregó y con un gesto de cabeza, la conminó a sentarse en uno de los taburetes del portal.

-“Cierto es, mami no está, viajó, solo que no a Estados Unidos ni a ninguna otra parte. Ella murió hace casi un año”, explicó de manera casi inaudible.

Una bomba atómica no hubiera causado el mismo efecto. La visitante y su esposo, amigos de muchos años que siempre que anduvieran por la zona, llegaban a saludarlos y estrecharlos en señal de eterna gratitud, se quedaron inicialmente pasmados, aunque los sollozos de la mujer se hicieron notar enseguida.

Ni ella ni él atinaban a preguntar, ¿cómo? ¿por qué? ¿cuándo? ¿de qué manera? ¿estaba enferma? No daban crédito a la terrible noticia.

Entonces habló José Manuel, el guajiro José Manuel, ahora el viudo de Norma: ¿Recuerdan que Norma nunca quería salir de casa, que cuando ustedes la invitaban a la capital ponía mil pretextos para no viajar? Pues, una mañana hace ya muchos meses, parquearon el auto ahí, donde mismito está el de ustedes, otros amigos que iban de Cienfuegos a La Habana.

“Ellos también acostumbraban a pasar y parar, charlar un poco con nosotros, con Norma sobre todo, porque a veces ya Manolito y yo estábamos para el campo y mi nuera se había ido temprano a su trabajo. Iban en viaje de placer en un auto moderno y pensaban volver ese mismo día, así que no sé cómo, la convencieron para que fuera con ellos. Dicen que Norma se emperifolló con sus mejores vestidos y se puso sus zapatos nuevos que le había mandado la familia de Estados Unidos, repasó una y otra vez que el fogón no quedara encendido, ni las puertas sin las trancas por detrás, y hasta le echó de comer a las gallinas, y atinó a escribir en un papelito “Voy y vuelvo en el día a un paseo hasta la capital, que nadie se preocupe”.

Un sonido desgarrador se escapó de sus labios, pero José Manuel se repuso y continuó narrando:

“A media mañana me acerqué a la casa a buscar agua, porque estábamos secos de tanto sudar, y desde lejos la vi cerrada y me extrañó, pero enseguida vi sobre la mesa del portal el papelito y adiviné la letra de Norma y, aunque perplejo por esa decisión súbita, me dije ¡Qué bueno, al fin salió de casa! Ni debía haber pensado esa frase. A los pocos minutos, entraron a nuestro camino un auto de la policía y otro con el rótulo de criminalística. ¿Vive aquí Norma…? Sí, sí, soy su esposo.

Hace falta que nos acompañe. Hubo un accidente de tránsito a cinco kilómetros de aquí y su esposa está mal herida”, así dijo un teniente que descendió del carro patrulla, pero ni siquiera levantó la vista del piso.

El corazón me dio un vuelco. Pero, ¿ella está bien? ¿dónde la tienen? ¿la llevaron al hospital? Y el policía sin responder solo agitándome con las manos para que subiera al carro.

Esperen, debo avisarle a mi hijo. Y fue increíble, pero ya venía Manolito mandado a correr en su caballo.

Viejo, dicen que mami estaba en un auto que tuvo un accidente allá adelante”, casi gritó sin desmontarse de la bestia, pero se quedó tieso al ver los policías.

“¿Es verdad? ¿qué le pasó a mi madre?”, gritaba Manolito.

Vengan los dos, solo atinó a murmurar el teniente.

“Y así fue. Nos montamos en el carro patrullero y cuando íbamos llegando al lugar de los hechos, había como cien carros allí y gente de muchas partes que la policía echaba para atrás a cada momento. En la autopista, tapado con una sábana, un cadáver. Buscamos ansiosos a Norma por todos lados, vimos algo magullada a la pareja de amigos que la llevaban y supimos entonces que el cuerpo sin vida, era el de mi Norma. No les puedo decir nada más. Ella que nunca salía de casa, apenas viajó unos kilómetros para encontrar su muerte. Fue muy dramático y aún hoy se nos antoja una burla de la Parca”.

Eso contó el viejo José Manuel, el guajiro simpático y dicharachero que fue capaz de sacarle los dos primeros dientecitos de leche a Addis, la hija de cinco años de esta pareja, a cambio de una linda, grande, rosada guayaba de una de sus matas, hace ya más de 20 años.

En esa ocasión, ellos iban en viaje de placer hacia la zona central del país con las tres niñas a bordo, cuando el auto empezó a dar señales de un problema “gordo” y el cielo amenazaba con romperse en lluvia en cualquier momento.

La tormenta de agua y viento no se dejó esperar, y el carro a no caminar y a la niña mayor le subía la fiebre por una maleza de garganta y todo conspiraba para el nerviosismo acentuado dentro del vehículo.

Parados debajo de un puente, a la espera de un escampón para empujar el auto, se acercó un campesino y dijo: “si me adelantan les muestro la casa de un mecánico que vive cerca”. Dicho y hecho, ayudó arrancar el carro y los guió hasta una entrada que bajaba de la autopista hasta una casa rodeada de árboles.

Enseguida se bajó el dueño, tapado como pudo con un paraguas que era nada ante tal chaparrón y las niñas y la madre se quedaron dentro, acurrucadas, y con miedo, porque ya empezaba a oscurecer.

Oían de lejos al padre dar explicaciones, cuando de momento les tocaron a las puertas para ayudarlas a descender bajo unas amplias mantas que dos hombres sujetaban. “Saquen las carteras y algo de ropa, para que se cambien acá”.

Fue entonces que salió Norma de la cocina, con su delantal blanco y su sonrisa acogedora: ¿cuál es la niña que tiene fiebre? a ver, a ver, te estoy haciendo un té de hojas de limón y romerillo y con dos Duralginas verás como te pones bien enseguida, le dijo a la muchachita y le sonreía con ojos y labios. “Ven, que te voy a secar esa ropa y cuando se te baje la fiebre te tomarás una buena sopa de pollo que acabo de hacer”.

Percatada de la presencia de las otras dos niñas, aun más pequeñas, las atrajo hacía sí y las saludó: soy Norma, la dueña de la casa, y quiero que se sientan cómodas y todas se coman la comidita que estoy terminando. La madre y el padre estaban confundidos y apenados ante tan calurosa acogida. “Disculpen, no queríamos molestar, pero como se nos rompió el carro y nos dijeron que aquí vive un mecánico”.

“Claro que sí”, dijo Manolito, el hijo joven de la pareja que formaban Norma y José Manuel, un guajiro con sombrero aun dentro de la casa. “Soy mecánico, pero ya hoy es difícil que podamos revisar el auto con esta lluvia, así que lo mejor será que ustedes se preparen a pasar la noche aquí, descansen, que la niña se ponga buena, y a primera hora arreglaremos el carro”.

No fue una consulta, fue una invitación impositiva que dejó azorados a los visitantes. ¡Si nunca antes los habían visto! ¡si cayeron de fly casi a la hora de la comida! ¡Ese es el verdadero campesino cubano! ratificaron en sus mentes y corazones.

Una comida caliente y bien hecha, calmó la frialdad de estómagos nerviosos y hambrientos por el pésimo recorrido de casi nueve horas para encontrarse a mitad de camino. Las niñas estaban felices, cálidas en una casa con gusto a queso, a panal, a guayaba… y, a la hora de dormir, Norma los hizo pasar para el mejor dormitorio de la vivienda, donde dos camas ya estaban listas, con sábanas blanquísimas y olor a sol, y mosquiteros protectores contra cualquier insecto.

Esa madrugada Norma se levantó tres veces para saber si la enfermita tenía fiebre o si la familia necesitaba algo, y a las seis y pico de la mañana ya les llegaba a las narices el aroma del café y de leche recién hervida que ella preparaba. El padre se levantó presuroso y enseguida estaba mecaniqueando con Manolito. Fue una tarea dura, porque todo estaba mojado, bien mojado, y hacer andar el auto fue obra de magos.

A las once de la mañana estuvo listo el vehículo, las tres niñas bien, alegres, comiendo guayaba, luego que José Manuel le canjeara una hermosa fruta a la más pequeña a cambio de dejarle tocar los dientecitos flojos, que de solo palpar, los tuvo en su mano y mostraba como trofeo.

Abrazos, agradecimientos, promesas de volver al regreso y siempre que pasaran por esa ruta, fue la despedida en una mañana soleada, que Norma completó al regalarle a las muchachitas un ramo multicolor de distintas flores de su jardín.

Norma, José Manuel y Manolito se pararon al borde del camino a decirles adiós con la mano a sus visitantes, mientras que el auto subía a la autopista con una carga de amor multiplicada dentro.

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