¡Estos senos pequeños!

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Por Zenaida Ferrer

 

Lily es una otorrinolaringóloga infantil, que no descansa ni un minuto. Cuando no anda en el hospital pasando visita a las salas donde están sus tiernos pacientes, se mete en el salón de operaciones echando afuera amígdalas infectadas y/o adenoides, o da zancadas hasta su consulta-oficina, que cada día se llena de niñas y niños con vocecitas truncadas por las afecciones de garganta, nariz u oído, y de madres y padres nerviosos ante el temor que les ocasiona la fiebre, la medicación con antibióticos y la incertidumbre de una cura rápida.

Lily es una mujer muy bella, de ojos almendrados medio verdosos, labios pulposos, delgada, con piernas bien torneadas y un hermoso pelo (chino le dicen aquí) copioso y negro, lacio, que le cae sobre los hombros, pero la mayor parte del tiempo, ni se acuerda de su belleza femenil, absorta como está atendiendo y salvando crías, pues hay que ver la angustia de esta médica cuando ve a una personita minúscula que casi se asfixia por una obstrucción nasal.

Tampoco en su hogar Lily reposa. Además de la doble carga de las mujeres con responsabilidades (lo de la igualdad es un mito), el cuidado de su anciana madre y de tres hijos (la mayor de los cuales la adoptó cuando aún era estudiante de medicina); el “invento” diario en la cocina, la limpieza, el fregado, la ayuda a la y los pequeños para hacer sus deberes escolares, siempre algún que otro vecino la requiere: “mi niña tiene fiebre, Lily”, “¿qué le puedo dar a mi bebé a quien le duele la garganta?”. Así una y otra vez, como si ella fuera de hierro y no una persona con necesidad de descanso y distracción.

Un día, al regresar del hospital en ómnibus, sintió una punzada hiriente en el costado derecho, casi debajo de la axila. Pensó que se había casi colgado con ese brazo para sujetarse cuando el bus echó a andar y no le dio importancia alguna source.

Una semana después, mientras escribía una receta médica, la sorprendió un cosquilleo, como un deslizamiento eléctrico de la punta de su seno hasta la base y se frotó con la otra mano sin apenas darse cuenta.

Así una vez era un hormigueo, otra un punzadita -de la que culpaba al ajustador que “me aprieta un poco”- y alguna noche, cuando finalmente lograba echarse en su cama, se daba cuenta que no podía virarse boca abajo porque le dolía el seno.

Pero tenía una larga lista de infantes para ser atendidos e intervenidos quirúrgicamente; sus descendientes estaban en exámenes escolares y su madre requería una consulta de ortopedia, porque le dolían las rodillas.

Se buscó sujetadores más flexibles y se sintió cómoda. “Estas pequeñas tetas mías”, se recriminaba, pues siempre añoró tener mamas apetecibles para los gustos masculinos, de esas que sobresalen por el escote y se muestran en revistas de modas de muchachas anoréxicas pero con tremendas pelotas delanteras.

Cuando la molestia le impedía prácticamente mantener el brazo apretado contra su cuerpo, pues la axila se inflamaba y el dolor recrudecía, Lily decidió irse a un hospital de adultos a consultar un colega especializado en mamas y, por supuesto, no dijo nada en su casa, ni a su madre (pobre anciana), ni a su marido y mucho menos a sus hijos e hija.

El doctor la recibió afectuoso y hasta bromeó con ella recordando que cuando eran estudiantes, él estaba locamente enamorado de Lily. “Pero eso pasó, puedes estar tranquila”, explicaba mientras palpaba las menudas protuberancias erectas de su colega. A la doctora le impresionó cómo iba arrugando su entrecejo mientras hacía el reconocimiento. “No hay que alarmarse, pero debemos hacer unas pruebas iniciales: rayos X, mamografia, ultrasonido, de todo, doctora, vamos a realizar un chequeo completo”. Así dijo mientras le pasaba afectuoso las manos por el pelo.

Empeñada en guardar su secreto hasta que estuviera el chequeo médico, Lily hacía maromas para completar sus análisis y cumplir su rutina diaria: visitar pacientes, dar consulta, hacer intervenciones quirúrgicas y, claro está, ocuparse de las tareas hogareñas.

Pasados 10 días su colega oncólogo la llamó por teléfono. “Lilia, debes venir sin falta mañana temprano a mi consulta”. A ella le llamó la atención el tono firme de esa cita, no era una invitación precisamente, él la conminaba a visitarlo. Nerviosa y sudorosa estuvo allá, incluso antes que el galeno llegara. Nada más verla, él la hizo pasar a su consultorio. “Lily, amiga querida, ¿por qué no viniste antes? Las pruebas dieron positiva a un tipo de cáncer. Pero aún estamos a tiempo, solo que vamos a intervenir quirúrgicamente ya”. Le comunicó, mientras con su mirada y gestos trataba de dulcificar la dura noticia que acababa de darle.

Lily hizo cuanto pudo para ocultar su pánico. No lloró ni dio gritos: ¿Por qué a mí?”, como muchas se preguntan, simplemente se dejó abrazar por el colega y se sintió protegida. No diría nada aun en su casa- fraguaba en su mente- o a lo mejor diría que se iba a hacer unas pinzas para subir un poco sus teticas, como algo cosmético, sin importancia. Ni acompañante necesitaría. Así se iba convenciendo a sí misma de la intrascendencia del asunto.

Más no podía aguantar el morbo, la curiosidad, el ansia por saber… Buscó afanosa bibliografía al respecto: “el cáncer de mama ocupa la primera causa de incidencia y la segunda en mortalidad en el sexo femenino, con una tendencia al incremento. El riesgo aumenta con la edad y el mayor número de casos nuevos se concentra en el grupo comprendido entre 40 y 60 años (justo al que Lily pertenece) y lo peor de todo: el mayor porcentaje se diagnostica en estadíos avanzados”.

¿Cuándo fue la última vez que se hizo un pesquisaje? ¿se lo realizó alguna vez? Entonces cayó en cuenta que como médica, desoyó lo que se repite una y otra vez para la prevención de este mal mayor. Mensajes publicitarios por la radio, la televisión y la prensa escrita… alertas en los barrios a través de las organizaciones sociales, como la Federación de Mujeres Cubanas. “Todo lo oí como quien oye llover”, se recriminaba. “Ahora ya no importa, tengo un cangrejito minando mi interior”, se condolía Lily.

Trabajó aún con más intensidad para dejar todo organizado: reemplazo en el hospital por otra otorrino; las cosas en orden en casa “porque voy a hacerme un pequeño piquete para tener más lindas mis mamas y luego por unos días no podré lavar, ni fregar, ni hacer mucho esfuerzo, pero será breve, no se preocupen”, explicaba a su familia de manera superficial. “No, no hace falta que alguno me acompañe, mis colegas estarán ahí y en cuanto se me pase la anestesia vuelvo a casa”.

Ese día su esposo la llevó al hospital donde le harían la “acción estética”, casi al amanecer. Le dio un beso y le dijo, “en cuanto salgas del salón que alguien me llame por teléfono”. Se besaron como cada día y ambos movieron sus manos en señal de despedida.

A las siete, Lily estaba preparada para entrar al salón de operaciones: vestida con una bata verde sin ropa interior debajo. Ya se sentía hambrienta pues además de no comer nada sólido el día antes, mantenía el ayuno indicado. La enfermera y el camillero que vinieron a trasladarla, no permitieron que fuera caminando como era su intención. “Ahora, doctora, usted es la paciente”.

Un sedante en vena, un apretón afectuoso a sus frías manos por el cirujano y el calor de la anestesia general le fue invadiendo el cuerpo desde sus venas. Al rato había consternación en el personal médico: ¡Lily tenía tomadas ambas mamas por lesiones cancerígenas multiplicadas rápidamente! Había que tomar una decisión inconsulta con la paciente, pero no habría otra manera de resolver el problema. Así que el médico tuvo que realizar una mastectomía bilateral.

Dos horas después de salir del quirófano, Lily despierta adolorida y se sorprende de ver a su lado al esposo. Quería preguntarle ¿qué haces aquí?, pero se sentía sin fuerzas. Un poco alejado estaba su amigo cirujano mirándola fijamente. “Lily, le dijo, vas a estar bien. La operación fue exitosa”. Entonces ella trató de tocarse el pecho y su cónyuge se lo impidió tomándole la mano.

Volvió a quedarse semidormida y un tiempo más tarde volvió su amigo médico a conversar con ella. “Vas a estar bien, le repite, pero perdiste mucho tiempo. Tuvimos que hacerte una cirugía radical en ambos senos para estar seguros que el cáncer no se hubiese expandido más. Cuando ya cicatrices y te hagamos el tratamiento con quimioterapia, te haré los implantes y tus mamas se verán estéticamente hermosas”.

Las lágrimas ruedan por los ojazos de la doctora Lilia, devenida una personita disminuida ante tal noticia. Supo que todos en casa están impuestos del suceso, que ahorita vendrá su madre a cuidarla y su hija, ya crecida, a atenderla en los pormenores; que todos se han puesto de acuerdo para repartir las tareas hogareñas y que del hospital infantil, sus colegas le aseguran que todos los pequeños tendrán atención garantizada.

Ella está consciente ahora, sabe que muchos cánceres se pueden prevenir, otros detectar en las primeras fases de su desarrollo para ser tratados y curados y que incluso, en etapas avanzadas de la enfermedad, se puede enlentecer su progresión, controlar y reducir el dolor y ayudar a pacientes y familiares a sobrellevar el asunto, con mayor calidad de vida.

Pasaron meses de intensa lucha, la quimio, la caída del cabello, la quemazón de las radiaciones… pero todo ha ido quedando atrás. Ya Lily tiene senos nuevos, pequeños como los de antes, pues decidió que así era ella y no necesitaba otros; su familia asume en la casa, ha vuelto con más energía a su consulta de otorrino y atención especializada a niños y niñas.

Lily sabe que “la parca” le dio una oportunidad. Ahora es una promotora de salud en el combate contra el cáncer, explica, alienta, aconseja y obliga a quienes llegan junto a ella a participar de las pesquisas y del chequeo sistemático ante cualquier duda o síntoma confuso. Agradece al sistema de salud cubano la preocupación por diagnóstico y  tratamientos y reconoce que en otro país con un gobierno diferente y medicina pagada, su historia habría terminado de distinta manera.

Hoy anda con un vestido muy escotado. Hay un calor de espanto en este verano que reina siempre en Cuba. Su cabello ha crecido y en su rostro se palpa la confianza en el presente y en los planes para el futuro.

Pero todos los casos en que se descubre tardíamente la presencia de un cáncer no terminan del mismo modo. Prevenir, tratar, curar, es cosa de cada día.

 

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