Por Natacha Abril
Lo tenía
en la palma
en la cadera
desde un primer piso
casa vieja de Balvanera.
Entre un rumor
y una llamada telefónica.
Se materializaba suavemente
sin reclamos
casi que lo tenía encerrado,
descansando en mi pelo,
susurrando órdenes.
Lo tenía porque quería tenerlo
no por orgullo,
no para mostrárselo a todo el mundo,
no porque quería venderlo,
ni esconderlo entre apuntes
entre miércoles y jueves.
Lo tenía
era divertido
aunque difícil.
Verás;
cuando lo tenés
debés cuidarlo
alimentarlo
no podés mentirle
ni arrojarlo entre diálogos
hay que cambiarle la ropa, bañarlo.
Si lo tenés,
no podés usarlo de sacachorchos
ni atarlo a la cama,
menos usarlo de taza, de pañuelo
de excusa
Hay que ser precavidos
-sin muchas esperanzas-.
Es como arena
casi una galleta de agua
se disuelve.
A veces, dan ganas de perderlo
tirarlo, romperlo, fumarlo
darle vueltas, cual trompo
una película de terror, subtitulada
Un día
cuando lo estés acariciando
va a aprender a hablar
cuando menos te lo esperes,
va a aprender a preguntar
va a preguntar
qué sos
quién sos
qué querés
qué tocás
entonces,
después, solamente
empieza a caminar
posiblemente se vaya
como galleta de agua
como arena
aunque realmente sentía que lo tenía
en la palma de la mano.
Imagen: Natacha Abril
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