Por Zenaida Ferrer
Episodio 1
Trabajaba mucho realmente y lo que ganaba apenas resolvía el sustento de su numerosa familia. Se sabía fuerte y apetecible y le gustaba disfrutar del sexo y de la bebida, pero… el dinero no alcanzaba y, como un látigo desenfrenado, la responsabilidad de llenar muchas bocas caía sobre él. La impotencia era su más fiel acompañante.
– Si de todas formas lo que llevo a casa cada día no alcanza, si veré caras expectantes frustradas de todas maneras, me voy a tomar un trago para aliviar mis penas antes de retornar al “hogar, dulce hogar” y que salga el sol por donde salga.
Así meditaba y decidía el obrero, y en la cantina dejaba un peso primero, luego otro y otro, hasta volver a casa apenas con lo mínimo que le permitiría comprar algo para comer esa noche. ¿Iba alegre? ¿El alcohol lo había animado? Pues no, retornaba con una furia contenida en su alma, porque no se sentía feliz al emborracharse y temía la diatriba que de todas todas, le caería encima.
En su casa, la dulce esposa, que ya había lavado y planchado grandes bultos de ropa ajena y propia, esperaba anhelante y temerosa. Sabía por experiencias que cuando él tomaba, desataba su mal genio y su insatisfacción, apenas ella abriera la boca, aunque no le reprochara nada, aunque de conjunto con sus hijas se aprestara a ayudarle a su baño, a que no se durmiera sin cenar, a servirle como “señor” que era de esa humilde familia.
Le temía sí. Temía sus frases hirientes, su desprecio a la vida que llevaba, su ira que muchas veces tornábase agresiva hacia ella y su hijo varón. Cuando el aguardiente le nublaba el cerebro, ella sabía que era capaz de comportarse como la más vil de las criaturas para tratar de reafirmar su “hombría”. Le temía sí, y eso que ella no era cobarde.
Ese día estuvo él más ruin que nunca, lanzando puñetazos e improperio, hasta llegar a amenazarla con un cuchillo. Las hijas mayores intentaban calmarlo, mientras ella huía de casa llevando de la mano a la más pequeña, con apenas tres años, que temblaba y caminaba incierta por el miedo.
Fueron a esconderse a casa de una buena vecina que abrió enseguida su puerta y las acomodó en el comedor. Desde allí podían escuchar al hombrín que seguía desvariando y culpándola de sus problemas, acusándola de infiel, de puta, de no saber llevar el hogar y la familia, siendo injusto hasta el cansancio que le iba cerrando los ojos y la bocaza, mientras las hijas le llevaban a la cama y lo acariciaban hasta dormirlo.
La niña pequeña, en brazos de su madre, lloraba bajito para no molestar a los vecinos, sentía desde ya mucha pena y mucho dolor por su infeliz y apocada madre, pero nunca pudo odiar ni dejar de sentir amor por ese padre también infeliz, que no sabía cómo afrontar la vida.
Episodio 2
Se enamoró fervientemente de ese ser que le comía la boca con besos apasionados, que al besarla casi casi podía meter su boca, nariz y mentón dentro de la suya, para besarla de modo aturdidor y placentero. Estaba deslumbrada.
Se enamoró de su persistencia, de sus versos alocados clamando por su amor, de las rosas que le regalaba, de su presencia cotidiana, su atractivo de hombre fuerte y limpio, con perfume de varón, que no necesitaba de fragancias prestadas.
Se enamoró de su pasión, de saberlo admirado y deseado por otras, mientras ella era la preferida. Internamente, se vanagloriaba de su éxito: él la había escogido a ella y le prometía un mundo de pasión y felicidad. ¡Qué bueno sentirse deseada y amada a su manera! Estaba de fiesta.
El primer momento de horror lo vivió pocos días después de haberse casados, cuando él había bebido mucho alcohol y tuvieron un intercambio álgido por un tonto desacuerdo: él la apretó por el cuello hasta casi dejarla sin respiración. De inmediato, la besó y le dijo que solo había sido un juego, una broma, que no se asustara. Debía haberle hecho caso entonces a su corazón y salir en estampida, pero no lo hizo.
Desestimó ese aviso y así vinieron noches de pasión y días de angustia por traiciones y farras con amigos y mujeres, para llegar a casa enfurecido o apesadumbrado, según el grado de “realización” fuera del matrimonio.
A ella empezó a encontrarla corta para su medida: “espabílate, eres tan sosa, tienes que ser más apasionada, hacer arder la relación, buscarme, hacerme sentir feliz”… así le decía muchas veces, cuando hacían el amor y ella solo tenía en mente sus reiteradas infidelidades, su asco al saber que tocaba y besaba a otras…
Un día, tras un altercado por celos, él la golpeó duro, en la cara, en la cabeza, la tironeó por los brazos… luego vinieron largos días de conversaciones y diálogos de reconciliación… y ella con miedo infinito, con el miedo trasladado por su madre, perdonando, haciendo villas y castillos para que nadie supiese, para que los hijos no se enterasen.
Se fue muriendo la pasión, enterrada, pisoteada. Se cortó la comunicación. Ahora los dos son infelices juntos y no saben cómo separarse también por miedo al qué dirán, a hacer daño a la familia. En ella, también, el miedo sigue ahí, vivo, latente, agasapado…
Miedo en la sangre – Pintura de Del Kathryn Barton
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