Por Zenaida Ferrer
Cristina es una dominicana emigrada hace casi tres décadas. Sus manos están tan duras que cuando se les palpa se cree que trae guantes de gruesa y áspera piel, pero no es así, solo es su piel maltratada y encallecida por las muchas horas de trabajo de cada día.
Cristina habla el francés porque es el idioma del país donde vive, aunque se le nota el dejo melódico, cantarín, del español (no tan castizo) del hablar en su patria, del lugar donde nació. Cuando logra conversar en la lengua de Cervantes, ¡ave María purísima!, entonces sí que faltan y sobran eses y las contracciones de las erres casi se convierten en un sonido gutural. Es como si al hablar bailaran merengue las sílabas, las letras…
Sí, porque Cristina es dominicana, orgullosamente dominicana, tierra que añora e idealiza en sus sueños, a pesar de su huída cuando solo rebasaba la adolescencia en busca de trabajo para ganar con qué comer y ayudar a alimentar y a sobrevivir a su numerosa familia.
¿Estudios? La universidad de la vida ha sido su escuela, el abrirse paso en una nación donde lo habitual es la frialdad del clima y de las gentes que la habitan, mayoritariamente blancos, con pelos rubios y ojos azules, aunque el crisol de nacionalidades es fuerte. Los extranjeros ponen sus brazos robustos para acometer cualquier labor y así se desarrolla ese país, como otros.
Sin preparación académica pero dispuesta a “comerse el león”, llegó Cristina a Montreal desde el pueblito de campo donde, desde que vio la luz vivió con su familia. El cambio fue abrumador.
Ahí empezó a laborar en lo que aparecía: recoger fresas, otras frutas y vegetales en el campo; limpiar casas, lavar ropas ajenas, todo, todo, con tal de ganar dinero para enviar a los que quedaron en la isla caribeña.
Como joven al fin, apareció su primera pareja, relación de amor que se extinguió con las vicisitudes y le dejó como premio un hijo para cuidar, alimentar, querer, mientras nuevamente erraba sola haciendo los trabajos más rudos.
Nunca oyó hablar de feminización de la migración, tampoco de políticas públicas y de programas para mujeres inmigrantes, porque no se detuvo (no se detiene aun) a pensar que si salió del calor caribeño para casi instalarse en el polo norte, no era para replicar los roles “predestinados a las féminas”, en áreas de servicio, el trabajo doméstico, en hoteles, restaurantes, y hospitales, con baja remuneración económica y siempre relacionándolas con el servicio y el cuidado de los demás.
Cristina reconoce que vive en un país desarrollado con grandes avances científicos, sociales, económicos… vio con sus propios ojos, nacer en estas tres décadas edificios enormes, a sus “amos” cambiar de la máquina de escribir a las computadoras y ahora a otros equipos modernísimos, algunos de los cuales ella usa, como el teléfono inteligente, con internet y todas las herramientas comunicacionales del momento, paga wifi en su casa y aunque esconde las uñas para que no se las vean, se precia de leer variadas cosas en su móvil cuando viaja largas distancias en el metro.
Ella sabe que hay atenciones a las mujeres que han venido de otros países, que se han creado grupos de ayuda y otras organizaciones para apoyarlas, pero dice que en cuanto terminó el curso elemental de francés, no quiso saber más de estudios ni de reuniones grupales, ni que le metieran conceptos filosóficos modernos en su cabeza. “No, lo mío siempre ha sido trabajar”.
“Así he enviado dinero a mi familia, a mis hermanas; pagué la educación de mi hijo, quien ahora vive solo, con esposa e hijo propio; y reúno dinerito para viajar al Caribe, a Dominicana y a Cuba, con preferencia, cada dos años: una semana de vacaciones con todos los gastos pagados. Nunca entendí eso de tanta liberación e independencia de la mujer. Si estamos como estamos, es porque muchas mujeres se han creído cosas y andan exigiendo derechos y libertades, y por eso el mundo tiene tantos problemas… que si el respeto de los derechos laborales, que si el pago equitativo entre mujeres y hombres, ¡qué manera de complicar la vida!.”
Pronuncia esas palabras, Cristina, y los ojos de su interlocutora se salen de sus órbitas.
“Ahora mismo, ya hoy limpié tres casas en los alrededores de Montreal, lejos unas de otras. He tomado tres metros y dos ómnibus, pero tengo el dinero asegurado para darle los 20 dólares diarios que le dejo a mi esposo canadiense para sus gastos y el combustible del coche, y aunque ya son casi las nueve de la noche, todavía me queda tiempo para una limpiecita ligera en casa de una ancianita que me espera tres veces a la semana. Los billetes abundan en mis bolsillos. Eso sí, el sábado por la tarde no hago compromisos. Esa es mi tarde y la uso en lo que realmente me da placer. Fíjate que pago un piso carísimo en Montreal, solo por estar cerca del lugar sabatino donde me recreo. ¿Que lugar es ese? Pues un club para bailar merengue. Tres horas de baile de mi música preferida, esa que corre por mis venas con todo el sabor de mi pueblo. No hay ejercicio mejor para el cuerpo y para el alma.”
“No ando huyendo de situaciones de discriminación ni de violencia. No sé nada sobre violencia de género, términos muy manejados ahora. Sé que un cuerpo bonito de mujer se presta para el acoso, las agresiones y hasta las violaciones, pero yo cuido el mío para mí, para cuando salgo a bailar mis merengues, todos los presentes, hombres y mujeres me miren y me admiren. Ese es mi único proyecto de vida.”
Definitivamente, Cristina, no entiende nada.
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