Por Laia Font
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Mi amiga Chang tenía ahora una pareja formal, de aquellas que van a las comidas familiares de Navidad, y ya no quería ni oír hablar de nadie más. Me lo dijo en un pequeño local de comida tailandesa en Berlín, mientras veíamos la ciudad oscurecer a través de una gran ventana. Hacía un año que no nos veíamos.
¿Qué le había pasado a esa alma libre que había conocido en Praga en un intercambio de estudios, con la que salía de fiesta unas cuatro veces por semana y que incluso tenía una lista en el móvil donde registraba los nombres y las nacionalidades de los chicos con los que se acostaba?
Reaccioné a la defensiva, quizás, porque me tomé ese cambio de mentalidad como una traición al modo de vida que habíamos compartido y con el que tanto nos habíamos divertido. Pero en realidad lo que más sentí fue decepción. Se ha dejado convencer por la mentira del amor romántico que tan lejos parecía de lo que habíamos llegado a ser, pensé.
Entonces empezamos a hablar del amor monógamo versus el poliamor, cada una defendiendo férreamente su bando. Yo le preguntaba que cómo podía entender el amor si no significaba querer la felicidad máxima de la persona a la que quieres y, por tanto, cómo no querer que sea libre para buscar y cumplir sus deseos, sean sexuales o de cualquier otro tipo. Pero ella me decía que ella no soportaría que su pareja estuviera con otra persona y que por eso estaba dispuesta a reprimirse si se sentía atraída por alguien. O sea, que para conseguir algunas cosas buenas hay que sacrificarse.
Como la conversación no llevaba a ninguna parte y veíamos que no íbamos a ponernos de acuerdo y, además, en pocos días nos íbamos a separar de nuevo y no sabíamos cuando volveríamos a encontrarnos, lo dejamos ahí.
Recientemente me encontré con otra amiga, Amalia, y salió el tema de nuevo porque hacía poco que ella había roto con su pareja, con la que había tenido una relación abierta durante dos años. El asunto no terminó del todo bien, pero ella seguía defendiendo la idea, aunque desde una posición totalmente pragmática.
Amalia, que tiene como preferencia las relaciones abiertas, afirmaba contundente que una cosa es la teoría y otra es la práctica y que al final, lo único que cuenta es la última, porque cada relación es un mundo y solo se aprende cuál es su mejor forma a medida que las personas avanzan y la construyen.
Para poder construir una relación sana, opinaba, hay un elemento esencial: la buena comunicación. O sea, que haya una interacción horizontal entre las personas implicadas que se base en la transparencia y la honestidad, y en la que se genere una conversación continua sobre qué quiere cada una, qué piensa y, sobre todo, cómo se siente.
Los problemas surgen cuando existen secretos o no se comparte lo que tiene una dentro, se niega o se le da la espalda, porque entonces se generan sentimientos de frustración y envidia, calando hondo hasta formarse una bola enorme que probablemente en algún momento vaya a estallar.
La buena comunicación, sin embargo, no es en realidad solo un factor primordial para el buen funcionamiento de las relaciones sentimentales, sino para cualquier tipo de relación humana y, por tanto, no tiene nada que ver en si se trata de una relación monógama o una abierta. Tiene que ver con el nivel de intimación y respeto que se tienen los participantes.
Visto así, una pareja puede probar una relación abierta y ver que no funciona y entonces, hacerla exclusiva. O puede pasar, como fue el caso de Amalia por un tiempo, que se decida tener una relación abierta pero no surja el interés por nadie externo y por tanto, sea como monógama en la práctica.
Siempre pensé que el amor es circunstancial, que si acabara el mundo y quedaran solo dos personas, seguramente estas acabarían queriéndose (siempre y cuando cumplieran los requisitos básicos de bondad, claro) y por tanto que la cuestión está en cómo se lleva esta relación, más que en el sentimiento en sí, que no debiera ser una excusa para mantener relaciones dañinas.
Quiero entender el amor como algo de más, no necesario pero agradable, una fuente de placer y felicidad. Que si hay que sufrirlo mejor estar sola. Pero que si lo tienes y es bueno, genial. Como dice esa canción de Mishima: No nos necesitamos pero nos tenemos.
Y esa idea rompe completamente con la concepción del amor tradicional que nos han enseñado en la sociedad patriarcal en la que hemos sido criades, porque contradice la visión de que es una necesidad, basada en la dependencia, que implica sufrimiento y por ello, que es normal que genere conflictos.
El amor libre es precisamente una liberación de esas ideas, un cuestionamiento de la misma concepción de amor que tenemos en la cabeza, interiorizada, que de primeras nos parece tan normal. Pero este cuestionamiento no lleva necesariamente al poliamor.
Si hay tantos amores como personas, o mejor, como combinaciones de personas, da igual qué forma tome siempre y cuando parta del consenso y se base en el respeto y la horizontalidad, buscando por último compartir el placer con la otra persona.
Puede elegirse tener una relación monógama, pero para hacerlo desde el feminismo, que se haga desde la consciencia de saber que sus raíces son machistas y que nos parece la mejor porque la hemos normalizado y desde ahí, apoderarse de ella y resignificarla.
Hace pocos días Chang me anunció que iba a casarse con la persona de la que me habló en Berlín, y recuerdo esa conversación y pienso que de alguna forma intenté imponer una visión propia del amor sin tener en cuenta las personas de las que estábamos hablando.
Ahora cambió mi perspectiva. Cuando supe la noticia sentí gran alegría por ella y unas ganas locas de ir a la boda, aunque ni siquiera crea en el matrimonio.
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Ph.: Florencia Di Tullio
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