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Por Rodrigo Arena*



No recuerdo cuál fue la primera vez que me abusaste. Crecí viendo desde abajo cómo abrazabas, acariciabas a mis hermanas, pedías que se acerquen, que se sienten aúpa, les mirabas las tetas, la cola, les pedías que se pongan cerquita “para la foto”, escena en la cual te sentabas en el medio del cuadro, en una silla, mientras ubicabas con tus manos grandes los cuerpos de mis hermanas alrededor tuyo, algunas paradas, otras desvanecidas sobre tus rodillas, mientras reían robóticas ante la aprobación total de mi hermano, de mi padre, la aterradora despersonalización de mi madre, a quién también hacías parte de tu harén. No podíamos darnos cuenta. Y aprovechaste todo mientras te diera la impunidad, un acceso casi total a los cuerpos de las mujeres de mi familia. Eras un cómico. Tu chiste: la reducción de las mujeres a una plastilina aplastada y pisoteada en el suelo, mientras las fotografiabas pedías a voces aplausos y risas cómplices.

Forzabas tu dominación a plena luz de tarde, un poco después de comer, cuando todavía estábamos sentades en la mesa del patio, otro poco cuando la comida estaba todavía caliente, sacabas alguna foto con zoom a los escotes de las mujeres de mi familia, tan a la vista de todes que todes no teníamos que hacer más que quedar tildades en una vida apabullada, porque no se puede lograr una dominación total de un día para otro, porque fuiste poniendo celosamente el cuerpo de una mujer sobre el cuerpo de otra, de forma tal que ya no podíamos vernos ni respetarnos como humanes y mucho menos como hermanas, y entonces reír, temiendo ser la próxima en la que peses tu mirada, así como vive una mujer secuestrada en un departamento, que se abstrae mientras otra es el objeto a desmembrar, así desmembraste nuestra unión y nuestras fuerzas hasta que no tuvimos más derecho a pensar y vos dictabas nuestras subjetividades y nuestras muñecas esposadas que ya no tironeaban de las cadenas, nos ponía en la situación de contemplar, abandonando nuestro sentido de la dignidad, el enojo, la incomodidad, la lucha, no pensábamos que existía una unión posible entre las mujeres, porque éramos cuerpos apilados y ya no podíamos vernos, pedazos de carne dispuestos prolijamente para la foto, carnes de harén, las que zafábamos en ese momento reíamos, reír como violación, violación de autonomía, de dignidad. Todes te aplaudían mientras vociferabas violando bombos o guitarras del mismo modo en que nos violabas a nosotras con la seguridad y el amparo de que no nos daríamos cuenta. Y estabas en lo cierto, hasta que llegó el feminismo a nuestras vidas muchas no nos dimos cuenta. A mí me llevó 25 años darme cuenta la repulsión que me generó mandarte un whatsapp por tu cumpleaños y que me contestes “gracias BB”.

Recuerdo que teníamos un pequeño secreto. ¿Te acordás bebu? Tiene que ver con una vez que entraste al baño de tu casa mientras yo estaba adentro, y cerraste la puerta. Me dijiste que no diga nada, y yo reía, mis muñecas que no tiraban y los cuerpos apilados y sólo recuerdo que después de eso me limpié el culo con una toalla que había ahí en el baño y la dejé enchastrada con mierda. No entendía por qué lo había hecho.

Me costó dudar de vos, porque nos enseñan a no dudar de las instituciones. Como a muchas mujeres, abusaron de mí muchísimas veces en mi vida. Una noche estaba volviendo a “casa” en el subte línea C, y en el trayecto entre Diagonal Norte y Constitución me acorralaron unos tipos contra la pared del subte, hicieron una ronda, sobre mí, quedé acorralada. De a poco se iban apoyando cada vez más sobre mí, mientras hablaban de otras cosas, y nunca dejaron de hacerlo, de hablar de otras cosas. Una impresionante habilidad para tener una conversación trivial mientras sin pronunciar palabra se ponían de acuerdo para abusar de una piba random: me empezaron a apoyar sus codos contra mis tetas de un modo bastante evidente, y yo no pude hacer más que mirar para otro lado mientras esto sucedía y rezar por llegar a Constitución lo más rápido posible. La naturalidad del abuso. Ya conocía la sensación. Esto me hace acordar a la vez que estábamos en un casamiento de despampanante lujo de heterocisnormalidad entre mi hermano y “su mujer”. Llegó el momento del baile… ¡Iuju!, ¡El baile!. Qué bien. Siempre está bueno, bailar, con la familia. Ya me habías venido acosando toda la noche pero no recuerdo bien cómo, la cuestión es que me agarraste del medio del antebrazo bastante fuerte y me sacaste de donde estaba bailando con mi mamá para que baile con vos, ¿y qué iba a hacer… negarme?, ¿negarme a bailar con mi tío, mi tío, veterinario de toda la vida, hincha de Lanús de toda la vida, casado desde siempre? Me apretaste fuerte contra tu pecho, tanto que tuve que arquearme. Igual que los tipos del subte, me apretaste las tetas con tus codos, los abrías y los cerrabas y mis tetas estrujadas, mientras me decías que nos escapemos a un telo, y yo reía, reía, mientras pensaba en matarme, decías que me recojerías cerca del hotel Los Pinos, diciéndole a “tu mujer” que ibas a hacer una visita veterinaria, yo miraba para los costados buscando una complicidad con alguien, que en realidad era un pedido desesperado de extracción de esa vida.

Me consume la energía vital recordarlo, y siento que me muero por dentro y dejo de tener estructura, me vuelvo blandito y me desvanezco sobre mí mismo. Duele reconocerse como una persona abusada. Con una infancia abusada. ¿Cuál es el castigo para personas como vos? ¿Te acordás el beso que me diste en tu Senda, en la puerta del departamento de mi abuela, en Mar del Plata? Yo re recuerdo tu saliva, hasta ese momento no había sentido la saliva de nadie sobre mis labios, y mucho menos de un hombre de 50 años. ¿Cuál es el precio de robar una infancia? Y, ¿qué es robar una infancia? Bueno, cuando tengo que soñar algo horrible me venís a la cabeza, y me hace pensar que es una injusticia para mí haber nacido a este mundo de horror. Porque no hay nada peor en el mundo que la voluntad egoísta de una persona mayor impuesta sobre tu vida entera, cuando no tenés otra opción más que abrazar esa realidad, porque no tenés otra y no sabés imaginar una mejor.

Si no me quedé detenido en tus abusos y violaciones, si no terminé con mi vida de algún modo violento, si soy una persona que está construyendo un mundo mejor libre de personas como vos, si estoy en plena marea de revolución feminista que viene a decapitarlos a todos ustedes, que parecen más pero en realidad son menos, es, un poco por virtud personal, por insistencia, por refugios secretos autoconstruidos, y, en gran parte, por todas las personas que estamos despertando juntas y armamos una hermandad gigante, sin cabeza, y que se está levantando en todo el mundo.

Muchos como vos van a caer. ¿Qué quiero? No es venganza. Quiero poder vivir tranquilo. Quiero que no haya más personas abusadas por personas como vos. Hoy escuché a Hannah Gadbsy decir que las lesbianas no nos reímos de los chistes. Esto me hace acordar a cuando estábamos en el patio de la casa de mi hermana, y me dijiste que yo era lesbiana porque no había probado una buena verga, que vos podías dármela a mí y a mi novia. Te grité fuerte, con la fuerza de una leona voraz que me tomó por dentro y te grité “¿me estás diciendo que nos querés violar a mí y a mi novia?”, yo ya era más grande y te tuviste que rescatar, mi sobrina escuchó y te avergonzaste, te reíste nervioso.

No recuerdo la primera vez que me abusaste, pero sí recuerdo la última. Había salido de una internación psiquiátrica, era la noche de navidad del 2015. Estábamos cenando en el patio de la casa de mi hermana. Me forzaste a sentarme al lado tuyo. Yo estaba medicado, muy medicado. Me dijiste que ibas a estar para mí, que sabías que estaba pasando por un muy mal momento. Pocos minutos después, pasaste el brazo por atrás mío para agarrar una empanada, e innecesariamente apoyaste tu cuerpo contra el mío, frotándolo con violencia, y haciéndome chistes al oído al respecto. Me paré, grité, me fui, volví, y vi a mis padres pidiéndote perdón por el mal momento que te hice pasar.

Mi familia aplastada sabe lo que hiciste. Mi reivindicación tiene que ver con hacerte saber que yo también sé lo que hiciste. ¿Es importante que otres sepan lo que hiciste? Sí, sólo entre nosotres nos podemos advertir. ¿Es personal? Es personal, es político, es histórico. Estoy seguro de que hay muchos “capocómicos” como vos. Y a todos les vamos a arrancar las caretas, porque es necesario quitar el velo, y duele mucho, pero somos muchas para calmarnos las heridas y empezar un mundo nuevo, y ya está pasando.

Durante casi toda mi vida sentí un odio visceral y muy profundo por los hombres. Me di cuenta que, en parte, era un odio no reconocido hacia vos y hacia todos los que son como vos. Soy un hombre y reivindico otra masculinidad que nada tiene que ver con tus parámetros, con tu genitalidad, con tu opresión, con tu imprudencia. La revolución ES transfeminista. Gracias a mis compañeres por ayudarme a reaccionar. Acá estamos para contenernos.

 

Rodrigo Arena es director, creador y performer. Su trabajo artístico consiste en el cuestionamiento de la moral escénica, la exposición política de la vida personal, la práctica de la expresión de una escena disidente. Se desempeña en el campo de la danza, la performance, la escritura y la música. Actualmente, junto a otrxs artistas, forma parte del núcleo de trabajadorxs de la cultura que se encuentra trabajando por la Ley de Participación de Géneros en el Complejo Teatral de Buenos Aires.

En 2015 escribió, dirigió e interpretó la puesta escénica de su diario íntimo “Mis días sin Victoria”, donde expone, en primera persona, su experiencia en relación a un amor lésbico frustrado y obsesivo. Realizó funciones en el CC Recoleta, el CC Conti, el CC Matienzo, en el Museo de Arte Queer (AMOQA) en Atenas, Grecia, participó del MICA Showcase 2017, participa en el Festival de Teatro de Rafaela 2018. Recibió apoyo del Instituto Prodanza, el CC Recoleta y el Gobierno de Provincia de Buenos Aires.

En 2017 escribió y codirigió junto a Fiorella Álvarez Vleminchx, la obra performática “Entrevistas frustradas a bailarinas exitosas”, donde veinte bailarinas exponen sus vivencias, maltratos y discriminaciones recibidos en el mundo de la danza, funcionando a modo de manifiesto/denuncia escénica, presentándose en el CC Sábato, el CC Matienzo y la Casa Nacional del Bicentenario. Dirigió performances entre las que se encuentran “En los jardines humanos donde florece el arte que da mierda no quiero pasar sin decir que yo sí siento la falta” donde se practica sexo y reflexión en vivo, “Performance triste”, “Performance del fracaso nacional”, “Performance en contra de las estéticas muertas” y “Performance a la muerte del padre”.

Actualmente, se encuentra en creación de una performance duracional de 24 horas “Parresía en el destierro”, a estrenarse en 2019; la performance “Testimonio transmasculino”, donde convoca a varones trans para contar su historia, y “Cómo explicar el arte a una liebre muerta en el dosmilcincuentaynueve”, donde convoca a una biotecnóloga para intentar predecir el arte del futuro.

Participa como performer y cantante en la performance de un recital “Perrites Malvades”dirigido por Fiorella Álvarez Vleminchx, a estrenarse en el Festival de Teatro "El Porvenir" 2018.


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