La noche es joven

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Por  Ivis Acosta Ferrer

Tú, andando por entre los pilotes, buscando yo qué sé, marcando las distancias, como si no fueras a estar encima de mí horas más tarde, como si no estuviésemos los dos predestinados a chocar estrepitosamente en esta vida.

Yo, cogiendo caracoles en la orilla, mirándote de reojo mientras ibas-venías haciéndote el lejano, todo ese paripé para decirle al mundo: “¡soy libre, esto no es lo que parece! ¡No he encontrado a la mujer de mi vida, no caeré rendido a sus pies apenas baje el sol y nos quedemos solos ante lo inevitable!”.

“Todo ese derroche de energías”, pensaba yo en mi orilla, mientras tensaba el hilo de pescar y te acercaba contra tu voluntad, y al sol le quedaban tres cuartos de hora y era bello ver el atardecer y verte a ti a contraluz y sobre el muelle, saltando, cansándote (no demasiado, hay que dejarlo que viva, al pescadito), y el sol ocultándose por fin y mis sentidos felinos aguzados a morir en esa hora crepuscular en que se acercan los animales a la orilla, y al fin la despedida de los amigos, la corte de invitados a esta fiesta que acabará en banquete y en orgía, y dos más dos son cuatro pero uno y uno… y tú, luchando con tu espíritu de macho: insecto acorralado, pececito en el jamo, frijoles en remojo, papalote que cae hacia mi vida, pero yo no me doy por enterada y espero con paciencia de serpiente a que se cumplan esas formalidades (primero lo primero), y te suelto el cordel y me distraigo, me dejo seducir mientras acepto la danza del cortejo, el despliegue hormonal que hace las cosas interesantes, mágicas, oscuras. Y entonces te me acercas con el pretexto de enseñarme la luna que ya brilla a lo lejos sobre el mar y es luna llena y a mí qué más me da, si somos lobos, te enseño mis colmillos por si acaso y tú me das la patita tiernamente. Pececito, que te me has resbalado de las manos y ahora estás frente a mí con esta urgencia… Miro la caña de pescar que yace sobre el suelo: no te he atraído yo, ¿cómo nos hemos hecho tan amigos? “Es de otra vida”, dices, y yo río sabiendo que me engañas, pero qué rico hueles -te olisqueo- qué importa que me engañes, qué importa que mañana no me acuerde de ti si hoy eres carne e instante de poema, melodía perfecta de la noche. Acércame tu olor, dame a beber tu esencia más genuina, déjame que te mate y me alimente de tu recuerdo el resto de mis días, mátame tú también y no me olvides, así como me ves en este instante que no existe en el tiempo, como una aparición bajo la luz celeste de la luna. Gózame hoy, que aún no soy de arena y soy limpia y estoy aquí contigo, no te traigo recuerdos de otra vida ni tú me los evocas. Somos dos animales que mañana se tratarán de usted. La noche es joven.

Imagen: Paula Saldaqui

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