Cine. Apreciaciones del BAFICI y algo más
Por Mina Lisa
Ha pasado el BAFICI 2014. Ese festival de rarezas y bellezas cinematográficas. Miles de aficionados concurrimos curiosamente al evento que, tras contar con el patrocinio de grandes empresas y el respaldo del Gobierno de la Ciudad Buenos Aires, se cumple año tras año como actos del milagro del Señor.
He aprendido a no enloquecer con entradas a cualquier hora para ver cualquier cosa. Mi política de expectación fue tan rigurosa que seguramente me he perdido muchas cosas maravillosas. Pero una hace lo que puede. Y a veces, lo que ve es lo suficientemente maravilloso para considerarse completa.
Entre las películas que vi estuvo Planta Madre (Gianfranco Quattrini, 2013). Una película que promete. ‘¿Tiene ritmo?’, le pregunté a Emiliano Carrazone, uno de los protagonistas, antes de entrar. ‘Si, es coquera’, me respondió Sí. La peli es coquera desde su argumento y desde sus procedimientos cinematográficos. Por nombrar algunos, la simultaneidad de tiempos en la construcción del relato y localizaciones distintas que dinamizan la imagen. Pero por sobre todo, Planta madre tiene música y poesía; vida y muerte, amor y desamor. Estados de alma del protagonista que se resuelven en sus viajes. Por un lado, el viaje que emprende este viejo rockero argentino hacia el Perú. El otro viaje, el de Ayahuasca que el protagonista realiza para curar su alma y abrazar a su hermano muerto. Planta madre es un viaje al alma en el eterno tiempo de los recuerdos de una vida.
Entre otras películas, también estaba “Yo nena. Yo princesa”. Experiencia trans de una niña de cinco años (Maria Aramburu y Valeria Pavan, 2014), el documental sobre Lulú, la primera niña a la que se le otorgó el derecho a su identidad de género autopercibida. Allí no importaban los procedimientos cinematográficos: cámara fija, plano cerrado y estático. La protagonista fue la voz. En primera instancia, la voz de la niña que desencadenó su propia historia. Una voz que, sin tener dos años y que, cuando pudo expresar lo que quería ser, dijo: “Mamá, yo nena, yo princesa”. En segunda instancia, la voz de la Mamá que pudo transmitir y hacer escuchar la voz de su hija. El relato se construyó desde estas voces que fueron escuchadas.
Una y otra película totalmente distantes en sus géneros y estilos pero a la vez tan cercanas. Una y otra señalan esos viajes del alma que hacemos a través de la escucha de nuestros seres más queridos, un hermano o una hija.
Imposible no preguntarme qué escucho de mi propia hija. Yo que quiero que mi hija crezca con amor, libertad y confianza hacia lo que quiera devenir. Yo que leo tanto sobre la deconstrucción de género. Yo que leo tanto sobre identidad o pos identidad. Yo que escribo tanto sobre otras formas de vidas donde lo que importa es la persona y no su condición. Yo – Yo, ¿Qué escucho? ¿Escuché qué quiere mi hija? Y aunque la escuché ¿Fui consecuente con lo que ella me expresó que le gustaba?
Meses atrás, un día cualquiera, elegí para Emma un jumper pollera rosa. Tan solo un jumper ni siquiera un vestido. Cuando Emma se lo vio puesto, con sus ojitos sobresaltados y su tierno habla exclamó: “Mamá, como la prinshesha”. Al igual que Lulú, Emma tenía alrededor de dos años. Al igual que Lulú, se identificó con lo que quería para ella, ser princesa. Pero ese día no la vi. No la escuché. Y solo pensé: ‘Wow! ¿Hace cuánto que no le pongo una pollera?’. Y seguí mi vida de madre controladora de contenidos Disney Channel. De madre nacional y popular que sólo quiere mirar Paka- Paka y a las siete de la tarde escuchar la cadena nacional.
En el BAFICI, Yo nena, yo princesa se proyectaba acompañada de un corto. Aunque solo me llevaría 10 minutos verlo, no pude hacerlo. Quería ir a mi casa y abrazar a Emma. Escucharla y ponerle su vestido de princesa para bailar lo que ella quiera bailar.
Aunque yo quise mostrarles otros modelos, otras corporeidades, otras formas de ser, Emma eligió ser princesa. Al fin y al cabo, las preguntas y respuestas se irán armando y desarmando en el día a día. Como cuando Emma le preguntó a Susy Shock: ‘¿Por qué te ponesh esho?’. Con La Garnier, amiga de la vida, estábamos en la cocina preparando el mate. Nos miramos a los ojos y nos dijimos: ‘Ahí va la primera pregunta’. Susy, con su alma sabia de respuestas simples, le dijo: ‘Así como vos te pones lo que a vos te gusta para jugar, yo también me pongo lo que a mí me gusta’.
Podré tener toda la teoría en mi mente pero de nada sirve si no tengo la escucha en mi alma. Aprendizajes y enseñanzas de madres e hijas. Después de todo, de lo que se trata no es de lo que una sea sino de las historias que sepamos tejer y bordar para ir a jugar.









Comentario