Por Esteban Morales Gallardo*
Paro educacional. Millares de personas salen a las calles para exigir la gratuidad de la educación pública.
Excusas ambiguas y acciones radicales de la clase dominante en el poder: el habitus violentista del Estado chileno representado en la represión policial y en el mantenimiento del status quo. Respuesta ciudadana: el cuestionamiento de la democracia tanto en su perspectiva de derecho humano, como también en su ejercicio institucional más elemental.
En Chile se asiste a un enorme malestar social, el cual es canalizado por el movimiento estudiantil mediante sus demandas que abogan por una educación más justa y equitativa para toda la población, sin distinciones. Ha habido una enorme vorágine mediática que, mediante el descrédito de sus peticiones y la chabacanalización de sus líderes, han intentado aplacar el movimiento. Intento vano, ciertamente. Al articular el discurso general de las demandas y las voces de cada sujeto que participa en las protestas, se observa un repertorio que se interpreta como la búsqueda de un gran giro que busca, independientemente de las peticiones en educación, un cambio en el modelo actual mediante reformas constitucionales.
Pero, ¿qué reformas constitucionales? Con la revolución neoliberal triunfante del dictador reformista Augusto Pinochet, se realizaron enormes cambios sustentados en la idea de un Estado cada vez menos comprometido e interviniente, lo que concluyó en una nueva constitución en el año 1980, la cual continúa teniendo consecuencias importantes en gran parte del escenario social chileno. En el plano político, esa desregulación en el mercado y la reforma constitucional realizada por el gobierno militar, trajo una democracia limitada a un mero ejercicio del voto en un sistema binominal precario en representatividad.
De esta forma, la cuestión estudiantil pareciese perfilarse hacia una búsqueda, mediante la cohesión de voces y demandas comunes, de romper con el modelo económico, político y social presente en la actualidad y, desde el cual, personeros del gobierno de la concertación de partidos por la democracia y del actual gobierno de la derecha económica han hecho usufructo de manera indiscriminada. Con lo anterior, más allá de pensar (o mal pensar) en el aprovechamiento de la clase política de la constitución, lo que queda plasmado es que, desde el retorno a la democracia, se ha intentado legitimar la herencia de una constitución arbitraria, la cual no identifica a los chilenos y, por sobre todas las cosas, no proviene de un sistema democrático legítimo que lo sustente.
Las manifestaciones estudiantiles, independientemente de sus demandas particulares, ha logrado algo notable y casi impensado hace unos años: Desde la acción, poner en evidencia, mediante un discurso común y cohesionado, las contradicciones fundamentales existentes en el modelo neoliberal chileno, presente en una constitución ilegítima. En busca de una democracia perdida en la dictadura, activan la voz en un discurso común que se opone al modelo, para construir un Chile articulado en base a una democracia social y representativa.
Los que tenemos la suerte de estar en Chile en estos días, somos testigos de cómo los jóvenes se han tomado el mundo de los adultos ante la serenidad de éstos. Desatados del mundo de la dictadura, actúan sin miedo en busca de llevar a cabo un plan de justicia social impensado para un Chile que “crece” en un mundo dominado por el Neoliberalismo. Sin miedo al fracaso, quieren romper con el conformismo para buscar un gran cambio mediante pasos osados, pues de una u otra forma, la política necesita nuevos referentes que ejerzan una democracia legítima y qué mejor para ello que los nuevos liderazgos jóvenes. Solo les deseo suerte.
*Colaborador chileno. Licenciado en Sociología.









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