Discriminación y Minorías sexuales: lo que se esconde tras el asesinato del Joven Zamudio en Chile

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Por Esteban Morales Gallardo

Hace ya unas semanas, nos hemos enterado de la noticia de que un joven llamado Daniel Zamudio fue agredido y muerto por un grupo de neonazis los cuales, al parecer, sin mayor provocación, lo agredieron por el solo hecho de ser homosexual. Sea el odio, la intolerancia o el simple miedo a la otredad – o simplemente todo esto – lo realmente grave no es tan solo el repudiable hecho en sí mismo sino que también ver cómo, con  el supuesto avance de las sociedades, existe un rechazo a lo diferente que cada vez se va generalizando.

Este acto amparado bajo el estandarte del obsoleto Nazismo oculta, en la propia interpretación mediática, no más que la propia exacerbación de un tipo de visión y orientación social, dirigida por los gobiernos herederos de la dictadura, que genera enormes diferencias y pánico hacía aquellos efectos que la incorporación de un modelo culturalmente diferente ha tenido en Chile.

Ante este escenificación que han hecho muchos noticiarios, se abren muchas dudas respecto a aquellos “daños colaterales” que, parafraseando a Zygmunt Bauman, van detrás de cada palo de ciego que las diferentes políticas prefieren dar. Con ello, es posible dar cuenta de ciertos móviles tras este acto:

Estamos en presencia de una juventud abandonada en la inercia de la modernidad neoliberal. Su comportamiento y oportunidades se ven limitados hacia el consumo conspicuo de bienes materiales y simbólicos que no generan una cohesión suficiente que convoque a los sujetos hacia la comunidad e igualdad que proponen verborreicamente los Estados.

Un sentimiento de abandono del Estado cristalizado en la búsqueda de soportes existenciales y de sentido por parte de los victimarios los cuales, a propósito de las ideas contradictorias presentes en la región, buscan en referentes contradictorios experiencias, convocatoria e identificación lo cual, en principio, será una posición que busca ser alternativa a un modelo de desarrollo percibido como ajeno. Esta negación del modelo imperante, es producto de la poca inclusión que encuentran tanto las minorías sexuales, como también los victimarios, sintiéndose, ambos, abandonados a su suerte.

Ante el hecho, el Estado, mediante los medios, actuó enérgico en promover una ley antidiscriminación que intente frenar actos como lo ocurrido con Zamudio. Si bien es una iniciativa que no deja de tener buenas intenciones, ésta, como forma estandarizada de impartir orden, normas y punición, no guarda ninguna relación con la realidad de los países Latinoamericanos en los cuales, me atrevo a decir, prácticamente todas sus problemáticas se correlacionarían con la pobreza por lo que una ley antidiscriminación sería, a lo menos, una acción descontextualizada.

Ante tales elementos presentes en las bambalinas, estamos frente a un hecho que, si bien pareciese aislado, no lo es dado que solo es producto de una sociedad que estandariza resultados y tipos de ser, sin darle la cabida a los otros, en cuanto a la cabida de sus opiniones y formas de crear sentido. Entonces, ¿Qué se podría hacer para cambiar esta realidad?, Si no es posible generar cambios reales sobre los temas relacionados con la discriminación entonces ¿qué será posible hacer? La solución creo que está, precisamente, en levantar diferentes opiniones que generen una intercultura de forma que en la propia forja de opiniones y de voluntades se vean superadas los conceptos importados de una institucionalidad que carece de oídos.

Con ello, propongo que la respuesta ante tal problemática es posible encontrarla en los marcos que el Estado aún tiene la solución en sus manos. Para que este proceso sea fructífero, primero debe existir ese espíritu de protesta que logre articular a las diversas organizaciones sociales y ONG’s hacia un fin común en el que actúen no solo a partir de acabar con los costos del mal llamado desarrollo. Se necesita educar para actuar y, de ese modo, influir en las decisiones desde abajo hacia arriba. Sin embargo con un sistema político sustentado en una dictadura económica, es muy difícil la voluntad de generar un cambio. Sin este cambio seremos testigos de muchos asesinatos de muchos jóvenes que, al igual que Zamudio y sus agresores mueren o van a la cárcel, más que por su propia condición de pertenecer a una minoría o a un grupo violento, por el simple hecho de ser pobres o diferentes a los parámetros que los procesos de modernización exigen.

 

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