Lucha por la educación pública y gratuita en Chile
Por Esteban Morales Gallardo
Hace un tiempo un diario de alta circulación en Chile, Las Últimas Noticias, publicó un titular denominado “Camila Vallejo no quiso mover la colita”, haciendo referencia precisamente a cómo una figura femenina puede, perfectamente, encajar en un modelo de mujer comprendido como algo vendible, cuantificable y, por sobre todo, carente de opinión dentro del escenario político.
Más allá de la propia indignación que cualquier persona puede tener respecto a tan cuestionable portada, queda en evidencia no solo el compromiso mediático con la derecha económica chilena, sino que se cuestiona al movimiento estudiantil desde un trato vejatorio hacia la mujer y, con ello, se le agrede, considerándola como un mero objeto digno de una estrategia de marketing de alguna cervecería.
Con la hegemonía cultural occidentaloide presente en el escenario político conservador, se pone de manifiesto no solo en estancamiento discursivo de los agentes, sino que también queda clara la no incorporación de las nuevas voces emergentes que cuestionan un modelo socioeconómico chileno, el cual minimiza su posibilidad de entrada, valiéndose de todas sus armas para seguir, con tono digno de un patrón de fundo, desacreditando a su figura emblemática sin poner el énfasis en lo que se dice, sino en el quien lo dice.
No obstante, independientemente su efecto en los lectores, la efervescencia que causa la figura de Camila Vallejos se potencia mediante una creación de sentido común que ninguna institución política o educativa es capaz de dar. El discurso del movimiento estudiantil, lejos de centrarse en fines individuales, con una competencia con los otros actores involucrados, se posiciona en un lugar en que, al no existir un sentido común, se eleva a un nivel una voz única que emerge como alternativa a la voz unísona del discurso hegemónico, masculino por cierto.
Con esta voz femenina se genera un tipo de acto perlocutivo, el cual se posiciona en una circunstancia que busca alternativas que permitan la inclusión de todos y tosas aquellas que han sido alejados y alejadas, al parecer intencionalmente, por la hegemonía. En este momento en que ya nadie se atreve a hablar, con singular tono, de la igualdad, esta joven chica no tiene miedo de tomar aquella falacia modernista, articularla y, con particular musicalidad, exigir este reclamo, paradójico por cierto, en base a una nueva forma de ver la igualdad de derechos, comprendiéndolos como un reconocimiento de los distintos sonidos, generando una polifonía en el escenario discursivo.
Ahora bien, para que se lograse un cambio efectivo en las relaciones con las distintas voces nacientes, debiese existir un reconocimiento a las diferencias existentes en la sociedad, pasar de una dominación cultural hacia una de tipo consensual, buscando en la propia diferencia bases que posibilitaran la equidad. Pero ¿cómo hacerlo? La respuesta está precisamente en generar una hegemonía de los rezagados que se oponga a la producción y reproducción de modelos dominantes, re-articulando la ideología mediante la cabida de cualquier tipo de expresión cultural que se construya dentro de la sociedad.
En la búsqueda de la equidad, se necesitan actores políticos fuertes que no caigan en las banalidades de los esencialismos que los grupos de poder nos han llevado a consumir. Para tan complicada lucha se necesita de una persona tozuda que no haga caso a comentarios mal intencionados provenientes de una institucionalidad que ha olvidado completamente los derechos de las y los ciudadanos, independientemente su género, posición social o tendencia política. Ante tal escenario, surge una figura femenina legítima que reincorpora el vocabulario de los derechos, que recrea la propia subjetivación del lenguaje desde la propia adversidad. Y, si cabe alguna duda, que se haga un plebiscito.









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