Crónica de unas muertes anunciadas

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Tragedia de once

Por Susana Salina

María Ester vive junto a su familia en el barrio Matera de la localidad de Merlo, en una casa tipo americana, como la mayoría del lugar, rodeada por calles sin asfaltar. Trabaja como empleada doméstica y Carlos Bustamante, su esposo, es albañil. Tienen cuatro hijos: Pablo, Gustavo, Federico que tendría 20 años y Carlos.

El domingo 19 de febrero de 2012 asistió junto a Fede, el penúltimo de sus hijos, al carnaval de la zona, se divirtieron mucho. Como en los corsos de su juventud, el regocijo pasaba, entre otras cosas, por esparcir la nieve artificial. Fede lo disfrutaba a pleno, y no se lo quería perder. La última noche de festejo decidió concurrir con Florencia, su amiga y encargada del local de ropa donde trabajaba, y Alan, otro amigo y compañero de trabajo. El carnaval finalizó y el fin de semana largo también. Acordaron quedarse a dormir en lo de Flor, en Merlo, porque así directamente, al día siguiente, salían los tres juntos rumbo a la tienda que quedaba en Once.

El miércoles 22, la jornada laboral volvió a la normalidad. María Ester y Carlos, su hijo más chico, que también trabajaba con Fede en el local de ropa de Once, se dirigieron a la estación de Merlo para abordar el tren. Ya en el andén, Carlos visualizó a Fede que estaba con  Flor y Alan, le avisó a su madre. La formación se estaba acercando y le gritaron “vamos Fede”, pero él les respondió que se iban hasta Moreno para tomar el tren más vacío y, por ahí, con algo de suerte lograban algún asiento libre.

Carlos decidió no acompañarlos, y partió junto a su madre. María Ester bajó en Floresta, su hijo siguió. Estaba en la casa de su patrona cuando recibió un llamado preguntándole si estaba bien. En ese momento se enteró de la tragedia, pidió permiso para encender el televisor, no lo podía creer, la invadió la angustia. Inmediatamente llamó a Carlitos, él estaba bien, eso le dio un poco de respiro. Sólo le faltaba saber de Fede, no se pudo comunicar, nadie de su familia lograba hacerlo, comenzó la desesperación. Avisó en su trabajo que se retiraba porque quería ir a buscar a su hijo, que seguramente viajaba en ese tren. Logró tomar una formación que la dejó en Plaza Miserere, eran las diez de la mañana. Corrió al local de ropa donde estaba Carlitos, lo encontró llorando porque Fede nunca llegó al trabajo, Flor y Alan, tampoco. Intentó calmarlo: “no llores”, le dijo, “vamos a buscarlo que seguramente está lastimado y no puede hablar”.

El calvario había comenzado. Trató de ingresar por la parte donde sacaban a los heridos, no se lo permitieron, el resto estaba todo vallado. Convencida de que su hijo aún estaba allí, esperó la oportunidad para entrar, sólo quería ayudarlo a salir. En ese instante se encontró con Fátima, una amiga de Fede, que era gendarme, ella intentó tranquilizarla diciéndole que se iba a encargar de buscarlo. Mientas esperaba con desesperación, vio que trasladaban a las corridas en una camilla, a una mujer; la reconoció, era Flor, se la llevaron en helicóptero. Se alegró, sabía que el próximo en salir iba a ser su hijo. Esperó, estaba atenta al menor movimiento. Al rato retiraron a Alan, la remera roja que llevaba estaba empapada en sangre. Al fin, pensó, faltaba menos, sin dudas el siguiente en salir era Fede. Pasó el tiempo, y eso no sucedió. Tal vez, no alcanzó a verlo cuando se lo llevaron, reflexionó, esa era otra posibilidad. No perdió más tiempo y decidió recorrer los hospitales, aún no se explica cómo hizo para viajar de un nosocomio a otro. Mientras tanto, sus otros hijos, Pablo, el mayor, y Gustavo, el que le sigue, se trasladaban de un lugar a otro en moto, porque así hacían más rápido para la búsqueda.

Otros Fede

María Ester logró llegar al Hospital Rivadavia, buscó en la lista de los heridos, no lo ubicó. Existía una razón, Fede no llevaba consigo el documento, la semana anterior le habían robado la cédula, junto a su billetera, y no quería que sucediera lo mismo con su D.N.I., sobretodo porque quería cambiar de trabajo. Hacía dos años que era empleado de la tienda “La Recova”, y no lo registraban. Estaba ilusionado con ir a retirar su analítico, para adjuntarlo a su currículum, había terminado la escuela secundaria mediante el COA.

Todo estaba tan mal organizado, que contribuía a desorientarla más. De pronto, a pesar de tanta oscuridad se iluminó, y recordó que en su cartera llevaba una imagen impresa de Fede. Le resultaba increíble que de sus cuatros hijos, sólo tenía su foto. Inmediatamente se acercó a mostrársela a los enfermeros y médicos, por si lo habían visto. Se aferró a ella y comenzó recorrer los pasillos, y a exhibirla a todo el mundo, en eso se cruzó con periodistas que estaban cubriendo el lugar, les pidió ayuda. Logró salir al aire, sus familiares de Bahía Blanca y Santiago del Estero, la vieron por televisión, consternados comenzaron a llamar a su casa. La imagen de Fede empezó a circular.

Cuando salía del Ramos Mejía, luego de todo el periplo que se repetía en cada hospital, se acercó un señor y le informó que el chico de la foto estaba a su lado, y estaba bien, corrió atropelladamente hasta dar con el joven que sólo tenía un parecido. Posteriormente, sonó nuevamente su celular, eran los amigos de su hijo, que se sumaron a la búsqueda, y decían que lo habían visto en el Santojanni, recobró el aliento: <<¡Al fin, está bien!>>, pensó y se dirigió al lugar. Se trataba de otro joven similar a Fede.

La Morgue

Desde las diez de la mañana hasta las once y media de la noche, María Ester deambuló de un sitio a otro, su celular se estaba quedando sin batería, resolvió regresar a su casa donde la esperaba su marido que había montado una guardia, por si recibía noticias de su hijo.

Pablo y Gustavo, no cesaron su búsqueda, fueron al los hospitales Argerich y Tornú, al salir de este último, se perdieron. Aparecieron en la Avenida Federico Lacroze, se animaron y entraron a la morgue del Cementerio de la Chacarita, era alrededor de las cinco de la tarde. “Cada uno que ingresaba debía dar las características físicas de la persona que buscaba, y algún detalle que facilitara su reconocimiento. A Fede lo debían rastrear entre los N.N. porque no tenía identificación, aunque muchos pasajeros que llevaban documento, lo perdieron cuando se produjo la colisión”, explicó Pablo.

A medida que pasaba el tiempo iban llegando más familiares a la morgue, todos recibían contención psicológica y un formulario que se debía completar e informar el tipo de vínculo. Se montaron dos oficinas, una para los femeninos y otra para los masculinos, se armaron las filas. Comenzaron a llamar a cada uno, y al ingresar se les mostraba las fotos de los cuerpos.

Eran, aproximadamente, las once de la noche cuando le tocó el turno a Pablo, enseguida pudo reconocer a Fede. En ese momento, María Ester estaba camino a su casa, y logró comunicarse con Pablo, le preguntó si lo habían encontrado, y pidió que no le mientan. “Anda a casa, mamá, que ya lo vamos a encontrar”, le dijo su hijo mayor.

La crueldad sin límites

En Chacarita le comunicaron a Pablo que pasaría entre 24 a 48 horas, hasta que pudiera retirar el cuerpo de su hermano. Regresó a su casa, quería estar con sus padres. A las cuatro de la madrugada sonó el teléfono, eran de la morgue, le avisaron que a partir de las siete de la mañana estaba autorizada la entrega. Se presentó, y comenzó todo una serie de trámites interminables. Una vez más tuvo que mirar las fotos, aunque éstas fueron tomadas desde adentro del vagón. Luego debió permanecer por cuatro horas en el container de contención: “era como un depósito donde nos dejaban y se olvidaban”, recordó Pablo. Tuvo que discutir con uno y otro, porque nadie se quería hacer cargo del sepelio. Les decían que los familiares debían pagar 14.000 pesos, pero que luego esa suma se la iban a reintegrar. Era imposible reunir ese dinero,  estalló de furia, se acercó a la señora que dirigía el operativo de la entrega de los cuerpos y le dijo: “nosotros y mi hermano no tenemos la culpa, él no quiso morir”, y ella le respondió que ellos tampoco tenían la culpa de que su hermano estuviera trabajando en negro. La solución que le daba, era que lo velaran en la cochería Paraná, que quedaba por Corrientes y Juan B. Justo, pero sólo por dos horas, porque había 20 casos más, y necesitaban el lugar. Todo parecía una gran locura, su madre estaba destrozada y no podía hacerla venir a Capital, además la mayoría de su familia estaban en Merlo. No aceptó, y le dijo de todo. Llamó desde su celular a la cochería, y luego comenzó a buscar una casa de sepelios por su zona de residencia, no fue fácil conseguir una que trabajara con Paraná, además en Merlo sólo hay 5 o 6 funerarias, y 9 muertos en la tragedia. Consiguió lugar en la más antigua, que aceptó hacer el servicio. Las cocherías y él llegaron a un acuerdo: una trasladaba el cuerpo, la otra hacía el servicio y Pablo debió firmarles la factura en blanco. Los montos de los funerales oscilaban entre 9.000 a 30.000 pesos, pero eso no era significativo; lo más importante fue que a las once de la noche Fede y su hermano mayor llegaron, juntos, a Merlo.

La familia sólo pudo recuperar la mochila vacía y el celular roto y sin la memoria. La billetera y las zapatillas nuevas, que había sacado a pagar en cuotas, desaparecieron, como si hubiera viajado desnudo.

A la semana de la tragedia, el señor Carlos Bustamante, recibió en su casa la visita de gente de TBA, que estaban con un abogado. El objetivo era ofrecerle dinero a cambio de que firmara unos documentos, que le impidiera realizar algún tipo de reclamo. “Algunos familiares tuvieron que aceptar por necesidad, porque perdieron al único sostén que tenían”, aseveró Pablo.

Los sobrevivientes

Florencia y Alan, lograron sobrevivir, aunque la tragedia les dejó secuelas en sus piernas. Aquel fatídico día, en la estación de Moreno, consiguieron los penúltimos asientos del primer vagón, ambos se ubicaron en los dobles, y Fede en el individual. Cuando estaban llegando a Once, Florencia y Alan se levantaron, y vieron que su amigo aún estaba dormido. Ella lo tomó de la mano para despertarlo, un sacudón violento los condujo hacia adelante y hacia atrás, quedaron atrapados entre medio de los asientos y Fede, que estaba sentado, quedó aplastado. Por recomendación médica, los familiares y amigos, tardaron en contarles la verdad, su amigo no corrió con la misma suerte.

Las víctimas

Actualmente, son 53 los fallecidos a causa de la fatalidad ocurrida en la estación de Once. Murieron 52 en forma directa, contando el bebé que llevaba en la panza Tatiana Lezcano, de 33 años, empleada del consulado de Bolivia y madre de tres nenas. Y uno en forma indirecta, que es el caso de Leandro Andrada, motorman que condujo la formación de la fatalidad, desde la estación de Moreno hasta Castelar, donde se la entregó a su compañero Marcos Córdoba, quien continuó con destino a Once.

El 8 de febrero pasado, Andrada fue asesinado en la localidad de Ituzaingó, de cuatro disparos por la espalda. Mientras sus restos eran velados, dos desconocidos irrumpieron en su domicilio y amenazaron a parte de su familia. Leandro era un testigo clave en la causa que investiga la tragedia.

Un deseo

“Fede era muy compañero, como Pablo que me cuenta todo. Las noches son aún más duras con su ausencia, llegaba de trabajar a las nueve y media, y yo lo esperaba con la comida, mientras charlábamos. Me solía mostrar las fotos de sus amigas, y me preguntaba si alguna me gustaba. Insistí para que estudiara, terminó el bachiller y también tuvo el diploma de técnico electrónico. Tenía sólo 19 años y muchos proyectos, no podía estar sin hacer nada, mientras preparaba las materias que adeudaba para finalizar la secundaria, se buscó un trabajo, era muy alegre. Ojalá pudiera torcer su destino, y cambiarme por él, yo ya viví, tuve hijos, él recién empezaba. Lo que ocurrió en Once se pudo haber evitado, eso es lo peor, porque a nadie le importó nada, los funcionarios públicos que ganan sueldos importantes, no viajan en transporte público. En septiembre de 2011 sucedió otra tragedia en Flores, y también hubo muertos, todo siguió como si nada. Yo sigo tomando el tren, no se puede viajar, cada vez es peor. Muchas veces, creo ver a Fede, hay chicos que se le parecen, me acerco con la ilusión de despertar de una pesadilla, y cuando se dan vuelta, regreso a la cruel realidad. Sólo deseo que todos los responsables por lo sucedido en la estación de Once, paguen. Y no quiero esperar, como dijo la Presidenta, los años que tuvieron que esperar las Madres y Abuelas de Plaza de Mayo para obtener justicia”, concluyó María Ester.

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