Por Vanessa Rivera de la Fuente
He dado muchas vueltas para escribir este artículo y es porque, tal vez como muchos de ustedes, estoy cansada, deprimida, abrumada por la cantidad de información sobre los horribles sucesos de violencia que están ocurriendo en la Franja de Gaza.
¿Qué se puede decir que no se haya dicho ya? Humo en el cielo, bombas de racimo, niños muertos o sin piernas, brazos, ojos; alguien se desgarra de llanto sobre el cuerpo de su esposo, padre o hermano… un doctor sobrepasado por la tristeza en una morgue… una foto familiar de gente que fue feliz alguna vez… gente que fue y ya no está. Personas haciendo fila, con el terror en los ojos, por un poco de agua… seres humanos.
Mientras el mundo se divide en debates a favor y en contra, marcha, grita y protesta para que cese o se intensifique la violencia en Gaza, me pregunto: ¿Cuántas razones se necesitan para detener esto? ¿Un argumento por cada vida, una frase por cada estallido? ¿Vamos a seguir así hasta que ya no haya por quienes discutir? Hay muchos que no vivirán para escuchar las respuestas.
Ya que tengo el espacio, yo quiero ir más allá. Lamentablemente, no es sólo Gaza. En Irak, ISIS y su desquiciado Califa está llevando a cabo una matanza vergonzosa de minorías religiosas, obligando a miles a huir de sus hogares y crucificando cristianos por el gusto de la violencia. Y no sólo es Irak. Es Pakistán, Ucrania, Burma, India, Honduras y Ferguson. El mundo moderno se ha volcado a una violencia sistemática que es difícil de imaginar, incluso en tiempos primitivos. Si hace miles de años la lucha era por sobrevivir, ahora la competencia es por destruir: ¿Quién mata, depreda, arrasa, viola, mata más?
Esto no es casualidad. Vivimos en un sistema Patriarcal que necesita de la guerra, de la violencia, la dominación y el control para mantener su hegemonía.
El Patriarcado es el Gran Señor de las Guerras. La guerra es una cruel realidad porque existe el Patriarcado, este sistema de dominación masculina, en el cual aquella es una actividad que legitima la supremacía a través de la violencia, la cual está normalizada y santificada en las relaciones humanas, en las políticas públicas y en la autoridad para la destrucción.
En este Patriarcado, por ejemplo, la categoría “hombres” domina a la categoría “mujeres” a través del control de la sexualidad femenina, con la intención de pasar la propiedad a los herederos masculinos. Pero es más que eso: El Patriarcado es una manera de organizar el mundo a través del ejercicio de la violencia, en el cual los hombres son héroes de guerra a quienes se les dice que matar a otros hombres, violar mujeres, apoderarse de tierras y tesoros, explotar los recursos, y poseer las cosas o personas subyugadas es algo no siempre recomendable pero necesario, incluso honorable.
Bajo el patriarcado, los hombres tienen un poder político, social y económico desproporcionado puesto al servicio de la destrucción.
La propaganda de guerra ha empleado a menudo nociones de género de hombría para alentar a los jóvenes a luchar. Utilizando la idea del linaje patriarcal sagrado, a los hombres se les recuerda que sus padres y abuelos se sacrificaron y lucharon por ellos; que son -como dice el Himno Nacional Chileno- “Vuestros Nobles Valientes Soldados…” y si los varones de hoy quieren ser ‘verdaderos hombres’ y no ‘cobardes’, entonces también deberían hacerlo.
Los enemigos son feminizados y demonizados. Las mujeres somos utilizadas como carne de cañón. En el frente de combate, nuestros cuerpos se violan, se esclavizan o trafican. En el frente interno, se nos usa como un “comodín”: Los soldados van a la guerra para protegernos a nosotras y a nuestros hijos e hijas; si no queremos que el enemigo nos destruya, debemos permitir y alentar la guerra.
¿Quién se beneficia de la guerra? Sabemos que los civiles, las personas comunes y corrientes no. ¿Los que van a la guerra? ¿ISIS, Hamas, los soldados Israelíes o Quién? Puede ser, pero de forma acotada y transitoria. Los que se benefician de la guerra, no van a la guerra: La lógica económica y política inherentemente defectuosa del capitalismo depende económicamente e ideológicamente en las guerras y los conflictos armados para impulsar la venta de armas y del ‘divide y vencerás’ reuniendo diferentes grupos de personas oprimidas a luchar unos contra otros, mientras que las élites se dividen el botín de las guerras entre ellos mismos.
El Patriarcado extiende su lógica de jerarquía, sumisión y control de seres humanos para el beneficio de algunos otros y establece relaciones sociales de dependencia en su expresión económica que es el capitalismo.
Los oprimidos se destruyen entre ellos y le ahorran al sistema económico el trabajo de matarlos lentamente en el abuso diario de la explotación laboral, del consumo, de la deshumanización social. Hay una relación perversa entre Guerra, Patriarcado y Capitalismo y en la medida que este último se vuelve más salvaje, también aumenta la ferocidad de los otros dos.
Los movimientos de paz seguirán fallando en pedir el fin de las guerras, como si esto fuese un hecho aislado en el orden global, mientras no hagan las conexiones entre la guerra, el patriarcado, el imperialismo económico y las desigualdades sociales producidas por el capitalismo.
Un movimiento de paz exitoso debe ofrecer alternativas radicales, no sólo a la guerra perpetua, sino también a todo el sistema corrupto, en bancarrota moral, política y económica que depende de patriarcado y el imperialismo. Hasta que toda la violencia sistemática e institucional el blanco de la estructura de poder en la cual vivimos sea erradicada, será moralmente dudoso hablar de “buscar la paz” y “terminar con la violencia”.
A medida que la recesión económica mundial continúa exacerbando la destrucción ambiental, la pobreza, la guerra y la desesperación, la necesidad de alternativas radicales siempre está creciendo. Del mismo modo, la necesidad de la organización comunitaria y la acción política sostenida para desarrollar y mantener estas alternativas nunca ha sido mayor.
Sólo rechazando el Patriarcado y el Capitalismo, podemos terminar con la Guerra. Mientras no lo hagamos, seguiremos violentos y violentados, luchando y muriendo en acciones bélicas grandes y pequeñas, lejanas y cotidianas. Todos somos potenciales daños colaterales. Si no hay justicia, nunca habrá paz.
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