No robó, le dispararon y lo condenaron. Caso Carreras

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Por Susana Salina

 

Lejos de parecerse a la comedia “Robó, Huyó y lo pescaron” protagonizada y dirigida por Woody Allen, la historia de Fernando Carrera no se corresponde con ninguno de los géneros dramáticos, sino con una realidad vinculada a un trágico hecho conocido como la Masacre de Pompeya, que aún, habiendo transcurrido más de seis años, lo mantiene prisionero en el penal de Marcos Paz.

El 25 de enero de 2005 circular por el puente Pueyrredón se hacía difícil. Los permanentes cortes en reclamo de justicia por los asesinatos de Kosteki y Santillán, mantenían bloqueado el acceso a la localidad de Avellaneda. Alrededor de las 13 hs., Fernando se dirigía a ese partido desde Devoto. El objetivo era llegar a la avenida Hipólito Yrigoyen al 1300 donde se encontraría con gente de la Metalúrgica Lampe, Lutz & Cía., para ultimar los detalles del alquiler de una propiedad que poseía en Luján. Optó por el camino más largo, pero más rápido: ir por General Paz hasta la avenida Roca, luego Centenera y puente Alsina. «Hasta ese momento yo era un trabajador, una persona que trataba de ganarse la vida laburando honestamente, con una hermosa familia constituida: una esposa y tres hijos. Luchaba el día a día por salir adelante, por tratar de sobrellevar la economía de mi casa. Vivíamos bien, con todas las dificultades que debía atravesar un hogar de clase media con un solo ingreso, pero con la felicidad que nos brindaba ver crecer a nuestros hijos”, agregó. “Abruptamente, ese 25 de enero, la felicidad se nos esfumó. Estaba detenido en la esquina de Centenera y Sáenz en un Peugeot 205 blanco de mi propiedad, era el primero de la fila que esperaba la señal verde del semáforo. De pronto, un 504 negro irrumpió por una calle transversal, de forma muy brusca pegó la vuelta girando en U y se me acercó. Por una de las ventanillas sacó el cuerpo una persona de pelo largo y barba que portaba un arma de fuego; me roban, pensé. Rápidamente, intenté mover el auto hacia la izquierda, y sin dar la voz de alto, los integrantes del vehículo iniciaron los disparos. Fue todo tan veloz, como una película en cámara rápida; en eso, sentí un fuerte golpe, como una brutal trompada que me dejaba noqueado. Uno de los tiros había ingresado en la cara, me atravesó la boca y me cortó de raíz doce dientes. A partir de allí, no recordé nada más. Sin saber cómo, desperté en una ambulancia por los golpes que me daba un bombero en la cabeza mientras me insultaba: decía que era un hijo de puta, que no me importaba la vida de nadie, que había matado a un montón de personas. No entendía absolutamente nada (recién, al otro día, pude saber lo sucedido)”.  Posteriormente, “fui trasladado al hospital Penna; mientras me colocaban dos sueros, se acercó el médico de guardia, y brotado de odio me aclaró que esos sueros eran para que muriera lentamente y con sufrimiento, porque el tiro que tenía en el pecho había perforado el vaso”.

Pero, ¿qué había sucedido entre el disparo y la llegada al hospital?, Fernando cuenta que “entre el momento en que recibo el disparo en la cara y me despierto en las ambulancia, supuestamente, existió una persecución por el espacio de 300 metros. Mi auto, sin guía, atropelló a las personas que iban cruzando la calle; luego chocó contra una camioneta, hizo un trompo y quedó mirando de frente al personal policial que me venía siguiendo. Ellos se bajaron del vehículo y continuaron con los disparos: 17 impactaron en el auto, ocho en mi cuerpo e incluso el del pecho. No entendía por qué tanto maltrato hacia mi persona: lo único que recordaba era el intento de robo, y creí que a raíz de eso, había sufrido un accidente. Nunca imaginé que estaba siendo acusado de ladrón y asesino”. Al día siguiente de la intervención quirúrgica a Fernando lo conducen a la Cárcel de Devoto donde se le exige que declare. Cuarenta horas después de haber salido de su casa estaba adentro de la cárcel de Devoto sin saber cómo llegó hasta ahí. “Mi esposa se enteró del sucedido por los noticieros, reconoció mi auto y enseguida se dirigió al lugar de la tragedia. Nadie le quiso dar información y en la desesperación se le acercó un abogado, Fermín Iturbide y le ofreció ayuda; pero resultó ser un letrado de la policía, eso nos enteramos después. Éste señor me aconsejó que no declarara, no lo hice”.

En resumidas cuentas: “se me acusaba de haber participado en dos hechos de robo, con una diferencia de 40 cuadras uno del otro, y de tres minutos entre una denuncia y la otra. Había un vehículo, supuestamente el mío, que realizó todo ese recorrido, y dos minutos y medio después del segundo hurto, hizo setenta cuadras y apareció en Sáenz y Centenera. Todo lo descripto está medido por las modulaciones realizadas por la Policía Federal Argentina”, explicó. Vale aclarar que Fernando no tenía ningún antecedente penal. El abogado de los diablos Fermín Víctor Iturbide, primer abogado de Carrera, es miembro titular de la Comisión de Asuntos Penitenciarios del Colegio Público de Abogados de Capital Federal; defensor de Carlos Díaz, ex comisario, procesado por cohecho pasivo (cobro de coimas) en la causa Cromañón; y también representó a los ex funcionarios de la comisaría 34, involucrados en el caso del asesinato de Ezequiel Demonty.

En el momento en que Fernando se dispuso a relatar lo sucedido desde que recibió el disparo en la cara hasta que despertó en la ambulancia hizo un breve silencio, suspiró profundamente, y con un ¡eh! sostenido como palabra, intentó reavivar la conversación; le costaba… Aunque su mirada y la voz expresaban cierta dureza, sucedió lo contrario con sus ojos, reflejaban algo diferente; se opacaron, y al hacerlo reflejaban una mixtura de tristeza, angustia… de dolor. “También estoy acusado de haber matado, sin importarme nada, a todo aquel que se me atravesó en el camino”, expresó. En cuerpo del recurso de casación existe un párrafo donde el Dr. Mario Castex, médico perito quien expresó lo siguiente: “una persona no puede dirigir un vehículo en estado de inconsciencia, sino sólo por automatismo. Carrera pudo haber continuado con el pie en el acelerador por un acto reflejo, a pesar de no estar en condiciones de controlar el vehículo a consecuencia del impacto recibido”.

En el trayecto mencionado, el Peugeot que manejaba Fernando, atropelló y mató a tres personas: dos mujeres y un niño de seis años. “No es fácil para una persona que nunca cometió un delito estar en un penal. Éste es un ámbito de delincuentes, con códigos, reglas. Es difícil adaptarse”. Lo único bueno que pudo rescatar de Fermín Iturbide, fue su recomendación: “vos estás acusado de homicidio, pero también de robo. Los chorros, en la cárcel, son los dueños del lugar. Hacete el chorro”, me dijo. “Así actué. Con el tiempo comprendí que no siempre era lo mejor, pero muchas veces te ayuda a conservar la vida. Acá, nunca hay que demostrar debilidad, porque no manda quien cometió el delito más grande sino el más fuerte. Es ley. Claro que uno es débil y tiene miedos; más que temor es terror. Muchas veces me sentí aterrado, sobre todo cuando para hacer diez metros hay que pasar por siete candados. Cuando se van cerrando uno a uno, se escucha el ruido que hacen las rejas, los gritos, y te invade el pánico. Los días son eternos pero para matar el tiempo, me puse a estudiar: terminé la secundaria, estoy haciendo la carrera de abogacía y trabajo. Nunca miro por la ventana, hago de cuenta que no existe, porque lo único que se ve es el penal. Espero la decisión de los jueces de la Corte Suprema, pero no desespero. Ellos tienen mi vida en sus manos, ojalá hagan justicia”, concluyó.

El 10 de febrero de 2005 Fernando Ariel Carrera fue procesado con prisión preventiva por los delitos de robo reiterado en dos oportunidades; homicidio agravado por haber sido cometido para lograr su impunidad, lesiones graves y leves agravadas, también para lograr su impunidad; abuso de armas y encubrimiento agravado por su comisión por el ánimo de lucro y portación de arma de guerra.

El 7 de junio de 2007, el Tribunal Oral en lo Criminal Nº 14, condenó a Fernando Ariel Carrera a la pena de treinta años de prisión. En diciembre de 2009, representantes de distintos organismos de derechos humanos como Nora Cortiñas, Adolfo Pérez Ezquivel, entre otros, se presentaron ante la Corte Suprema de Justicia, bajo la figura de Amicus Curiae (Amigos del Tribunal) adjuntando al pedido el documental “El rati horror show”, dirigido por Enrique Piñeyro, que relata cómo fue manipulado el caso. Actualmente, la causa se encuentra en el Máximo Tribunal a la espera del veredicto de los Magistrados.

Algunas irregularidades del proceso:

 

•El auto policial tenía pedido de captura.
•Tres testigos reconocieron que no vieron salir ningún disparo del 205.
•El testigo clave, Rubén Maugeri, es presidente de la Asociación de Amigos
de la Comisaría 34.
•Los dos damnificados por el robo, no pudieron identificar a Fernando Carrera,
si a un auto similar al Peugeot 205 blanco.
•Las pericias sobre el arma que supuestamente manipulaba el delincuente
no se realizaron.

 

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