Por Natalia Tellechea
Cada vez que pienso en Marina Abramović una (especie de) escalofrío me recorre el cuerpo y se me eriza la piel. Será tal vez porque su solo nombre se asocia en mi parte del inconsciente colectivo del arte contemporáneo con cuerpo, dolor, visceralidad y hasta tal vez con crueldad. Hay una imagen que tengo grabada en mi retina, una imagen que recurre cada vez que pienso en Marina. Es una fotografía de una de sus performance de cuando ella empezaba a ponerle el cuerpo al arte. Rythm 0 en 1974 fue una performance en la cual Marina se preguntaba cuán lejos el público puede ir cuando el artista no hace nada. En esta obra Marina ordena setenta y dos objetos sobre una mesa y posiciona su propio cuerpo enfrente de la mesa. La consigna: los visitantes podrán disponer de los objetos y del cuerpo de Marina de la forma que más les pareciera.
Parte de la performance queda documentada en la foto que se me viene a la cabeza cada vez que pienso en Marina. Una joven Marina con lágrimas en la cara, la mirada perdida, desnuda, lastimada, expuesta. Después de las seis horas que duró la performance Marina describe cómo ella vuelve lentamente a ser ella misma otra vez, una persona nuevamente, como empieza a moverse y como al mismo tiempo el público desaparece porque simplemente no pueden enfrentar a la Marina persona. La obra de Marina no se reduce a esta performance en particular, pero es esta performance la que me ha inhabilitado a relacionarme con su trabajo. Cada vez que veo esta imagen mi cobardía se hace evidente y me enfrento con mi incapacidad de pensar más allá de la zona de confort de mi cotidianidad. ¿Cómo enfrentar la crueldad que el ser humano guarda en estado potencial en el mismo epicentro del ser? La obra de Marina me enfrenta a esta realidad: al dolor y visceralidad de ser una humana y de vivir en relación con otros seres humanos que se debaten entre las mismas cuestiones del ser y el deber ser.
Fue entonces que el mes pasado decidí ver el documental Marina Abramović, The artist is present (la artista está presente) una suerte de Marina para principiantes. El documental se centra en la preparación de la retrospectiva de la artista en el MoMa en el 2010. Muchas de sus performance son representadas por un grupo de jóvenes artistas que Marina prepara en una especie de performance boot-camp para la muestra. Y una obra nueva, que Marina presenta, es el eje del documental. Dos sillas, una mesa de por medio y casi setecientos cincuenta horas de presencia. Marina se sentaba todos los días en una de las sillas, en silencio esperando a la siguiente persona que se sentaria frente a ella. A diferencia de Rythm 0 en The artist is Present la consigna es simplemente sentarse frente a Marina. Durante los días que duró la performance la gente hizo cola desde temprano cada día para poder tener la oportunidad de sentarse frente a Marina, muchos de ellos llegaron en este simple contacto a emocionarse hasta las lágrimas.
El fotografo Marco Anelli documenta estos encuentros en su libro Retratos en la presencia de Marina Abramovic y en el blog “Marina Abramovic me hizo llorar” (http://marinaabramovicmademecry.tumblr.com/) se puede ver una seleccion de esas fotos. Debo también confesar que incluso experimentando (¿percibiendo? ¿viviendo?) la obra mediada por una cámara, la pantalla de mi computadora y casi cuatro años más tarde Marina también me hizo llorar. El cuerpo, en el trabajo de Marina, es el medio para experimentar sensaciones y sentimientos. Las performances que Marina presenta re-actúan, aíslan todos esos pequeños momentos que nos definen como ser humano, una mirada, un roce, el dolor, todo lo que se entiende como lo bueno y la malo de ser humano.
La obra de Marina puede confrontarme y no ser fácil de mirar, pero no es muy diferente de la experiencia de vivir en una sociedad donde muchos también sufren. No es muy diferente de intentar mirar a los ojos a esa persona que duerme en la calle, a ese chico que nos deja una estampita en el subte o a quien corta la calle porque no le queda otra alternativa. El otro día un amigo puso en facebook que vió un reclamo de maestros, quienes cortaban la calle al compás del semáforo y hablo de sentir orgullo al ver cómo ellos en su reclamar aún consideraban no disturbar. Describió sentimientos con palabras como “me enorgullezco de ellos y me avergüenzo de que nos importe un carajo”. Creo que mi amigo por un momento en el medio del torbellino que es vivir día a día pudo parar y notar la presencia del otro y sensibilizarse.
En el recuento de su obra The Artist is Present Marina reflexiona: “fue una gran sorpresa para mi descubrir esta enorme necesidad de contacto que los seres humanos tenemos. ¿Cómo es posible estar tan alienados entre nosotros mismos? La sociedad nos hace distantes, nos enviamos textos sin vernos las caras y vivimos a la vuelta de la esquina. Tantas historias de soledad.” Es por eso que en el escenario que Marina habilita para todos no hay escapatoria, no hay ningún lugar donde esconderse, solo queda encontrarse con uno mismo.
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