Por Juan Cruz Guido
“No sympathy for the devil, keep that in mind.
Buy the ticket. Take the ride”
Hunter S. Thompson
Recordado únicamente como el autor del libro que se convertiría en la película Pánico y Locura en las Vegas, Hunter S. Thompson es necesariamente mucho más que esa escueta mención dentro del egoísta recuerdo de la historia.
Thompson logró lo que se propuso cuando, trabajando de copista para la revista Times, transcribía en sus horas libres El Gran Gatsby de Fitzgerald y Adiós a las armas de Hemingway. Logró absorber como ninguno la ironía ácida con que la que ambos -también periodistas y escritores- se desquitaban contra el absurdo en el cual que les había tocado vivir.
Luego de recorrer Centroamérica como periodista independiente, Hunter consiguió que una revista le pagara por acompañar a los Hells Angels -un violento grupo de motoqueros que alcanzó gran popularidad en la década del sesenta- durante un año. Gracias a estas crónicas pudo alcanzar cierta “fama” que finalmente sólo le valdría una buena paliza de los Hells Angels por querer lucrar con sus historias.
Esta situación lo llevó a recluirse durante un tiempo en Aspen, pueblo en el que llegaría a postularse para Sheriff reivindicando la legalización de las drogas y la estatización de los parques del condado -parques que luego se transformarían en los monstruosos centros de ski que hoy conocemos-.
Tras el fracaso en una elección reñida y perdida en los últimos momentos por 75 votos, Hunter abandona la política partidaria, aunque en su vida la política será siempre el gran punto de partida. Para Hunter era inconcebible un cambio que no fuera político. Siendo contemporáneo al movimiento hippie, veía cómo los sueños se desvanecían en la inacción de jóvenes que se pasaban el día echados fumando porro en el campo.
Los cambios necesitan acción, la política y el poder se ejercen en la práctica, en la acción, y es eso lo que viene a revindicar Hunter Thompson, exigiéndole al periodista que se comprometa con su presente, exigiéndole obligatoriamente que exprese su subjetividad.
Para 1971 llegaría su consagración dentro de la historia del periodismo y de la contracultura norteamericana con sus surrealista entregas para la revista Rolling Stone bajo el nombre de Fear & Loathing in Vegas -que más que Pánico y Locura en las Vegas se traduciría algo así como Pánico y Asco en las Vegas- y que ya en su título condensaría lo que vendría a expresar. Si Fitzgerald había utilizado el sarcasmo para burlarse de una sociedad plástica e hipócrita en El Gran Gatsby, Thompson ultilizando el sarcasmo y la ironía corroería en lo más hondo del imaginario del sueño americano para destrozarlo. Los sesenta habían terminado, ya no había paz y amor, ahora era Nixon y Vietnam, el sueño norteamericano era ahora guerra y sangre -¿acaso alguna vez no lo había sido?-
Las entregas finalmente se hicieron libro conjurándonos una de las piezas más poderosas del periodismo del siglo XX, porque a pesar del delirio de sus imágenes, son un sarcástico registros de la realidad, de la realidad tal cual Hunter la percibia. El viaje retrata una verdadera carrera de motos que tuvo que cubrir con Oscar Zeta, un abogado del Brown Power, que luego sería cruelmente asesinado en Chicago. Ambos, en una suerte de Don Quijote y Sancho drogados hasta la médula, se adentran en el máximo estandarte del consumismo norteamericano, la mítica ciudad de Las Vegas. Hunter, que gozaba de fama de nunca entregar las notas a tiempo, solía presentarlas transcriptas literal de su grabador, lo cual hace que el texto goce de una estructura casi de guión cinematográfico. Sería Johnny Depp el que, volviéndose como un hijo para Hunter, lo convencería de que realizaran la película y, más adelante, de que publicara su única novela, Rum Diaries -novela que el mismo Depp llevaría al cine luego de la muerte del autor a modo de homenaje-.
Sus últimos textos denuncian la depresión en la cual se había sumido luego de la elección de Bush. Todo lo que Hunter S. Thompson representaba, todo por lo que él había luchado, le daba ahora la espalda. El Dr. Gonzo y Raoul Duke habían fracasado rotundamente. No había lugar para ellos en una sociedad en la cual la decadencia parecía no tener límite.
Sería inútil pensar que esa academia que nunca tomaría un ácido o un saque reconociera la grandeza literaria de la obra de Hunter. Bien lejos del elitismo de querer ser escritor, Hunter siempre se consideró a sí mismo como un periodista. Un pintor, crítico como pocos, del tiempo en el cual le tocó vivir. Supo entender e interpretar el fin y la frustración de una generación que consideró que podía llevarse todo por delante, pero que tristemente tenía por delante, nada más y nada menos, que al gran imperio industrial-militar de los Estados Unidos.
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