Por Natalia Tellechea
En su libro, Ante el dolor de los demás, Susan Sontag se pregunta cómo respondemos al constante flujo de imágenes de dolor, de horror, de atrocidades, a las que estamos expuestos día a día. Imágenes de guerras lejanas, imágenes que funcionan en un doble sentido; por un lado nos confrontan con el horror, el dolor que desconocemos, que nos es ajeno, que no nos pertenece; por el otro son evidencia de la capacidad del ser humano de infligir dolor sobre otros seres humanos. Lo que concierne no es el hecho en si, sino el testimonio de la plausibilidad de la atrocidad.
El trabajo de la artista colombiana Doris Salcedo es atravesado por una línea de cuestionamiento similar. El ser humano es, fue y será víctima y victimario, de exclusión, sometimiento, desplazamiento, violencia. ¿Cómo se responde a estas imágenes, a este dolor del otro? Compasión, empatía, son estrategias que se dejan entrever en las obras de Salcedo. Ponerse en el lugar de la víctima, ver el mundo desde el lugar del que sufre. Removiendo todo tipo de representación, la artista no narra una historia particular sino que da cuenta del sufrimiento de los demás. Las obras de Doris Salcedo son poéticos índices de ausencias, de duelo y de dolor.
En la Casa Viuda II (1993-94) un armario parece encajarse en una puerta, una metamorfosis que los transforma en objetos siameses, en objetos que, abrazados, duelan. En ellos incrustados huesos y un cierre. Objetos cotidianos, objetos con los que convivimos silenciosamente dan testimonio del existir de sus antiguos usuarios. ¿Somos los objetos que habitamos? ¿Estos objetos una vez habitados pueden dar cuenta de nuestra ausencia cuando ya no estemos? Un par de zapatos es moldeado por la persona que los usó, un par de zapatos indica una existencia. En Atrabiliarios (1992-2004) Salcedo negocia la huella de quien vivió y el dolor de quien los sobrevive. Viejos zapatos en pequeños nichos en la pared, una piel casi transparente que los cubre los transforma en una imagen cargada de melancolía y nostalgia. Para esta obra viejos zapatos le fueron donados a la artista por familiares de mujeres desaparecidas en Colombia. Las obras de Salcedo son producto de muchas horas de investigación y de diálogo con las víctimas de la violencia política. El resultado es siempre un sutil gesto en el que convergen la experiencia histórica y la privada. La intención: crear un espacio habitado que la artista llama “la ausencia absoluta”.
La memoria es elemento fundamental de su obra, si no conocemos (¿aceptamos tal vez?) nuestra historia, no podremos vivir plenamente nuestro presente, mucho menos afrontar el futuro. Bombardeados por imágenes e historias de horror, la anestesia de la cotidianeidad solo nos deja recordar el último evento catastrófico que será reemplazado por otro que aparecerá a la vuelta de la página. Para Susan Sontag, recordar demasiado nos amarga, precisamente porque hay demasiada injusticia, miseria en el mundo. Para poder vivir es necesario que la memoria sea selectiva o limitada, lo que debemos recordar, propone, es precisamente que la miseria y el dolor existen. Es esta injusticia y dolor colectivo que Doris Salcedo explora en sus esculturas. La guerra existe, sus horrores son narrados, fotografiados, filmados. Pero ¿cómo podemos entender el dolor de esas imágenes, el dolor de esos otros? En su propuesta para su instalación en la Bienal de Estambul (2003), la artista propone apuntar la mirada a todas esas experiencias individuales que son afectadas por el conflicto. La guerra altera para siempre la vida concreta de seres humanos y desata complejas relaciones en los espacios habitados por el conflicto. Cientos de sillas se amontonan verticalmente, caóticamente, habitando un espacio de un edificio demolido en el medio de la ciudad. En el centro del arte de Salcedo la memoria revive, hace presente las injusticias, dolor y horrores que la violencia política ejerce sobre los seres humanos.
Uno de sus recientes trabajos, Plegaria muda (2008-10), encuentra también su razón de ser en la experiencia concreta de miles de jóvenes que fueron asesinados por las pandillas de Los Ángeles y otros tantos más eliminados por el ejército colombiano en los últimos años. Doris acompañó a madres en la búsqueda de sus hijos que fueron abandonados en fosas comunes, anónimas, olvidadas. En Plegaria muda, una mesa, tierra, otra mesa y pocos brotes de pasto que desde la tierra atraviesan la mesa hacia arriba. La instalación se compone de varias de estas combinaciones, cada obra esta individualmente inspirada, sin embargo en la repetición se potencia el anonimato. Las formas, la tierra, la multiplicación y el silencio generan un espacio de solemnidad, un espacio con cierto dejo de desolación, de ausencia. No saber, no tener memoria hace que olvidemos el evento trágico, pero hay quienes lo recuerdan día a día, son esos otros a los cuales la violencia los afecta directamente, es precisamente ese ajeno dolor el que Salcedo invoca en sus obras.
La mirada es solo una mirada, plantea Sontag, nada puede hacer al respecto de lo que ve; en sus justas palabras: “la designación de un infierno nada nos dice de cómo sacar a la gente de ese infierno”. Doris Salcedo es conciente de tal incapacidad. En una entrevista para el Museo de Arte Moderno de San Francisco, la artista reflexiona: “el arte no puede redimir, nada puede hacer por las víctimas de tremendas atrocidades. No estoy haciendo nada por estas familias, no hago nada por las víctimas”. Y agrega: “creo que es difícil enfrentarse al horror y la tragedia y luego transformar todo ese dolor en belleza, eso es algo que incluso encuentro perverso. Sin embargo, si se quiere dignificar la vida humana, entonces hay que volver a la belleza, porque es allí donde nos reencontramos con esa dignidad”.
Los seres humanos somos capaces de violentar, desaparecer, asesinar, excluir a otros seres humanos. Los seres humanos causamos dolor a otros seres humanos. Salcedo nos abre una ventana a la experiencia de ese dolor.
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